Actualizado Viernes, 22-08-08 a las 09:03
Vamos para atrás. Al menos viendo a la atleta de Bahrein Rogaya Al-Gassra. La chica ha estado compitiendo cubierta en la prueba de 200 metros (¿por qué se seguirá añadiendo «lisos» cuando no hay 200 vallas?). Y sí, hemos visto otras veces a atletas galopando y cortando el viento caminito de Jerez con absurdos monos de la cabeza a los pies. Aunque en este caso no es aerodinámica sino hiyab. Supongo que el blanco tiene que ver con la bandera (blanca y roja), pero, vaya, salir a correr pareciéndose a Woody Allen disfrazado de espermatozoide en «Todo lo que siempre quiso saber sobre el sexo...» resulta un poco chusco, sobre todo porque Allen también participaba en una carrera (su meta estaba en el óvulo). Y digo que vamos para atrás porque ni Nawal El Moutawakel (campeona marroquí de 400 vallas en Los Ángeles 84) ni Hassiba Boulmerka (campeona argelina de 1.500 en Barcelona 92) se cubrían. Ni cabeza, ni brazos, ni piernas. Por cierto, que la Boulmerka ha debido de hacer estos años la dieta Phelps porque ahora parece tres boulmerkas y media. Lo que más me gusta (y me deprime) es que en los Juegos, dos de las mujeres que más han destacado en la prensa hayan sido la de la cabeza cubierta y la nadadora Nathalie du Toit, a quien le falta una pierna. Como a Tristana.
Pero ya que Rogaya asegura que el hiyab le da fuerza (aunque se ha visto que no demasiada) yo no digo nada. Además, miro a la musulmana y a las otras (las jamaicanas o estadounidenses), las que enseñan la tableta de chocolate y el ombligo, y casi preferiría que fueran tapaditas. El ombligo de la jamaicana Veronica Campbell, la campeona olímpica, es espantoso, un cacho de carne que no sé por qué tenemos que ver. Y lo mismo pasa con esas barrigas de cemento. Cada vez estoy más de acuerdo con María de Medeiros en «Pulp Fiction» cuando le dice a Bruce Willis que quiere tener barriga, y que si la tuviera, llevaría una camisa de dos tallas menos para que se notara más.
Es algo así como el orgullo Mosquera. Raquel Mosquera sigue ofreciéndonos sus reportajes de carne rebosante. Si antes se fotografiaba con sus maridos, ahora lo hace con su hija (en el «¡Hola!» de esta semana). Las dos en la piscina y peinadas con trenzas afro, de las de luna de miel en la República Dominicana. Aunque ella está en lo que llama «la zona de Levante». Me encanta esta chica. Recuerdo que hace años también se hizo un reportaje con Pedro Carrasco «en la parte de Italia» (bueno, estaba «en la zona de levante» porque ahora dicen que está en un hospital). Con lo de las trenzas, es como si Raquel, amor de madre, hiciera lo posible por ser negra.
Podrá parecer extravagante, pero cosas más raras hemos visto estos días. Por ejemplo, a Sarah Jessica Parker el miércoles en el aeropuerto de Heathrow con su marido y su hijo. Vale que está de moda mezclar estaciones. Pero en la misma persona. No vale que ella lleve chanclas de dedo y su pobre hijo, un gorro de lana y unas botas Ugg como si fuera a cazar osos polares. Pero siendo reina del estilo, como se supone que es, también me callo. No me manifiesto, siguiendo al gobernador de Ludzidzini, la capital espiritual de Suazilandia.
Resulta que ocho de las esposas del rey Mswatti III salieron del país para comprarse trapitos. Organizaciones feministas (y una asociación de seropositivos) han protestado por el uso de fondos públicos. E incluso llegaron a convocar una manifestación. El tal gobernador ha dicho que jamás había oído hablar de mujeres que se manifestaran, que tienen que pedir permiso a sus maridos para poder expresar su desacuerdo sobre algo. Muy bien. Y quien dice manifestarse en las calles dice correr por las pistas con las carnes al aire. ¿A dónde vamos a llegar? ¿A la parte de Sodoma y Gomorra?

