Martes, 09-09-08
K1 : K1
EN los países democráticos se presupone que no hay censura política, pues no hay una oligarquía dominante ni agencias ejecutivas que la apliquen. En el caso de España no se si esta afirmación es totalmente cierta. En los países no democráticos la censura va acompañada de propaganda. Pero en nuestro país, en el que la democracia no está consolidada, los hechos y actitudes agradables a los partidos gobernantes son comentadas, cuando no inculcados, en las emisoras de radio y televisión oficiales. Es aún más pernicioso el constante silencio sistemático respecto de hechos y actitudes que no favorecen a la clase política gobernante sea en las Comunidades Autónomas sea a nivel nacional.
Los silencios y las voces, la censura y la propaganda vienen prescritos por una pléyade de voluntades. La voluntad más importante es la del partido que gobierna, cualquiera sea el ámbito de ese poder. Pero también las voluntades de las empresas poseedoras de los medios de comunicación son fuerzas que imponen silencios y censuras o amplifican voces y propagan bondades y maldades intencionadamente. Las empresas no solamente hablan sino que inmisericordemente imponen silencios. Las empresas periodísticas imponen muchos silencios para congraciarse con los poderes políticos de su entorno o para defenderse de ciertas perturbaciones. Al menos en esta democracia imperfecta se pueden oír ciertos hechos en alguna que otra radio y en solo una televisión; todavía encontramos mayor pluralidad en los medios de prensa escrita y digital, aunque en ellos se silencian muchos hechos y se perpetúan muchas actitudes.
Los gobiernos en este país democrático nuestro no imponen silencios pero dan subvenciones y publicidad y como los costes son tan elevados las propias empresas se autoimponen la censura cuando se trata de acontecimientos que afectan al gobierno de turno. Con cierto descaro si el medio critica al gobernante, este compone un determinado oscuro proceso de opresión al que le es díscolo. Hoy puede que formalmente no exista censura por la vía política pero sí se constata por la vía económica. Todavía no ha llegado la imposición de silencios a la información digital ni a la esfera de las comunidades digitalizadas.
La gente no debería consentir en este país democrático que los medios oficiales de comunicación formulen cuál debe ser nuestra filosofía de vida. Tampoco se debería consentir que filosofías alejadas de la realidad pasen por la televisión sin ninguna oposición, pues estas formulaciones están transformándonos en personas cada vez con más conocimiento pero también con menor nivel de sabiduría. Nos están llevando al desierto con su gran inmensa vacuidad, donde los silencios pueden ser enloquecedores. Los silencios de acontecimientos censurados y la vacuidad de una información distrayente son signos de esterilidad mental. La democracia envejece y se pudre cuando a través de la radio oficial y las televisiones gobernadas se nos hace perezosos mentales y súbditos de la simplificación, generalización y excesiva abstracción. Estamos atiborrados de propaganda y silencios y creemos que con ellos somos incapaces de comprender lo que sucede y lo que nos rodea. Y en esta época plagada de nacionalismos y localismos se amputa la libertad y la prosperidad, sacrificándolas al molde de la nación en que cada Comunidad se quiere erigir.
JOSÉ JAVIER RODRÍGUEZ
ALCAIDE

