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Jueves, 02-10-08
Desde mi condición de profesor de Economía asisto perplejo a los comentarios, consejos, predicciones y augurios diversos de individuos de todo pelaje que parece ser que dominan esta materia. No es que yo sea un dechado de saberes, pero al menos estudié Economía en la Universidad y dispongo de herramientas para distinguir las palabras sensatas de las barbaridades. Ahí radica precisamente el problema: los de mi generación no pudimos estudiar Economía en la enseñanza secundaria, y actualmente sólo lo pueden hacer una parte de los alumnos del Bachillerato (ni que decir tiene que en primaria y en ESO brilla por su ausencia). ¿No es esto un contrasentido? ¿No quedamos en que la enseñanza básica debe permitir a las personas desenvolverse en la sociedad?
Entiendo que las otras materias comunes son también necesarias para la formación, pero, dicho con el máximo respeto a mis compañeros de Filosofía, todavía no he visto preguntarse a los jóvenes de hoy quiénes son ni de dónde vienen, probablemente porque no les importa mucho, pero suelen estar preocupados por saber cuánto les costará un préstamo para comprar una vivienda o hasta qué punto les va a afectar la crisis a ellos y a sus familias.
A esto hay que añadir la discriminación de los profesores de secundaria de Economía en el sistema educativo español. En algunas comunidades, como Andalucía, ni siquiera se les ha concedido el derecho a tener un departamento propio, y estos docentes se ven obligados a pedir «asilo político» por ejemplo en el departamento de Geografía e Historia.
La situación del ciudadano que escucha asombrado las opiniones de sesudos contertulios expertos en Economía, que desvelan para ellos los arcanos de esta ciencia, me resulta muy similar a la de los creyentes que asisten a un rito religioso donde la palabra del sacerdote es infalible e incontestable. Sólo hay tres soluciones para no caer en el adoctrinamiento económico: educación, educación y educación. Educación en la escuela, educación en el trabajo y educación en la vida. Sin la primera, las otras dos no son posibles.
José Miguel Ridao González. Sevilla.
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