Lunes, 06-10-08
POR ISRAEL VIANA
MADRID. «¡No te metas! ¡Esto es un asunto privado!». Esa fue la contestación que le lanzó Antonio Puerta, en tono chulesco, al profesor Neira cuando le recriminó por la paliza que le estaba propinando a una mujer en la puerta de un hotel de Majadahonda. Y cuando parecía que las palabras del profesor habían surtido efecto -«¡Cucaracha!» «¡No eres un hombre!»-, el presunto maltratador la emprendió brutalmente a golpes, por la espalda. Puerta, en su supuesto ataque, se rompió un dedo, pero Neira acabó con tres costillas rotas, los pulmones encharcados y, cuatro días después, su mujer le hallaba en coma en el salón de su casa.
Esta fue la cobarde y cruel acción que dio a conocer a Antonio Puerta, encerrado en la cárcel de Soto del Real acusado de homicidio en tentativa. Un grado que depende de la evolución médica del profesor.
La imagen de Puerta se ha paseado por todos los medios de comunicación del país, después de que la pequeña historia de heroísmo acabara con Neira en coma. Todo el mundo ha visto al presunto agresor con su camiseta blanca, sus vaqueros, su moreno de playa y una musculatura que, sin duda, le valió para derribar al profesor con un sólo golpe.
Este español de 44 años, 180 centímetros de estatura e hijo de un importante empresario, portaba cocaína cuando le detuvieron. Quedó estipulado un juicio rápido por malos tratos para el 3 de agosto, del que quedó en libertad, sin que, sorprendentemente, la mujer a la que agredió le denunciara ni el juez solicitara la orden de alejamiento.
Pero más sorprendentes aún fueron sus siguientes pasos. Mientras Neira se debatía entre la vida y la muerte, Puerta se marchó a Alicante, a disfrutar de la playa, donde permaneció hasta que la Guardia Civil le detuvo en un centro de salud de Agost, al que había acudido por un problema de diabetes y por su toxicomanía. Era el 11 de agosto, después de que la familia de la víctima ampliara la denuncia ante el juzgado. Puerta confesó «que había pegado a un hombre», como ya adelantó este periódico. Su defensa adujo que no era consciente de la gravedad de lo que hacía.

