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«Que la Romería de Valme sea un anticipo de la fiesta que nos espera en el cielo»
Como cada año la Romería acogió a numerosos devotos
Lunes, 20-10-08
La mirada de Manuel no era como la de todos los años. Carretero de la Virgen de Valme desde hace más de dos décadas vigilaba sobremanera la yunta de bueyes: «Artillero» y «Atrevío» pisaban, por primera vez, los adoquines frente al portón de la parroquia Santa María Magdalena para guiar a la Protectora de Dos Hermanas hacia el Cortijo de Cuarto. Junto a Manuel, el palaciego José Luis tensaba los arreos a la espera de que las campanas repicaran las ocho de la mañana y la Virgen de Valme se asomara traída desde el altar mayor. La Virgen andaba despierta desde hacía horas. El cardenal arzobispo de Sevilla, Carlos Amigo Vallejo, vino a verla y a oficiar su misa de romeros a las seis. «Que la Romería de Valme sea siempre un anticipo de la fiesta grande que nos espera en el cielo», exclamó. Porque Valme es «devoción universal». «Un día cuando vayáis a Japón, Bolivia o África y os encontréis un cuadro o una imagen de la Virgen de Valme, no os extrañe, pues son algunos cientos de misioneros los que han nacido en Sevilla e incluso en Dos Hermanas, que han llevado la fe por distintos lugares». Y es que «sin fe, esta misa sería sólo un madrugón, y con fe, las carretas se hacen tronos donde hemos puesto a los más queridos».
Cientos de nazarenos abarrotaban la iglesia y escuchaban las palabras de monseñor en «un día de música, luz y color», donde la romería es «la profundidad de la tradición repetida que va más allá del paso del tiempo y que honra a la Madre de Dios que hoy se acerca a tu oído, y te dice: ayúdame, váleme, para que sea mejor conocido mi Hijo».
Requisitos que lanzó también el cardenal para vivir la romería. Primero, tener las manos «abiertas» para abrazar a aquellos «que nos encontramos en el camino» porque «nos daremos cuenta que a nuestro lado estará el más santo peregrino, Jesucristo». También, un corazón como «alforjas llenas con lo más preciado» y una «mirada alta» durante el caminar «para saber donde nos dirigimos».
Con las enseñanzas atendidas, las decenas de miles de peregrinos que acompañaron ayer a la Virgen, salían para emprender el camino hacia el santuario de Cuarto. Fue una salida a trompicones. Abrían paso los sones de la caballería armada. Escuadrón a caballo de calzas nacaradas, gabanes azules y plumas rojas, que curtía por segundo año, el halo devoto que desprenden siempre las calles del pueblo. Y lo decía monseñor Amigo. «No es mi romería ni mi Virgen, sino de nuestro pueblo quien lo vive». Y es que Dos Hermanas, cada tercer domingo de octubre, vuelve a ser pueblo, villa, lugar de antaño, de tradiciones que lejos de perderse, avivan con la esperanza de que lo lúdico no manche el verdadero sentir de la romería. Ya lo dijo el hermano mayor de Valme, José Ramón Gómez Tinoco, «que a nuestros hijos se les inculque el respeto hacia nuestros tradiciones más sagradas y el amor hacia la Señora». Treinta minutos hicieron falta para que la carreta de la Virgen, envuelta en mil varas de nardos, dejara atrás la plaza de los Jardines y subiera por la calle Santa María Magdalena. En la esquina con Botica, y con cierto retraso según lo previsto, el hermano mayor, el alcalde, Francisco Toscano, y el delegado de Fiestas Mayores, José Román, despedían al cardenal que dejaba a sus espaldas la carreta de la Virgen. Engalanada con una nueva mantilla de blonda bordada a mano por la devota Carmen Pedrera y el manto celeste de raso que estrenó en 2004, la Protectora regía el paso de las 19 carretas -la Hermandad del Rocío del municipio se incorporaba por primera vez a la comitiva- que le seguían con infinito colorido.
Con prisas para cumplir los horarios tempraneros logrados durante los dos últimos años -que no se veían desde la década de los 70-, caballistas y romeros avanzaban y cubrían el camino desde la dehesa de doña María hasta Los Merinales. Oración del Ángelus a mediodía en Barranco y fiesta a lo largo de los siete kilómetros que separa la localidad de Bellavista.
Con pocos tropiezos, la carreta de la Virgen cruzaba entre la muchedumbre por la carretera Sevilla-Cádiz rebasando el pasaje hacia la ermita de Cuarto sobre las 13.40 horas. Llegada al santuario y descendida de su capilla turquesa y blanca, ocupaba al altar presidencial desde donde era velada por decenas de fieles que, acompañados de familiares y amigos, compartían los sabores tradicionales de la fiesta. El hermano mayor respiraba tranquilo. Pedía que en su última romería como responsable de Valme -antes de que finalice el año se convocará cabildo general de elecciones- la Virgen fuera quien siguiera marcando el ritmo y el itinerario de la romería. Y así se ha cumplido.
El buen tiempo de la mañana dejaba paso a las primeras gotas de lluvia de la tarde. Chaparrón a la hora del Rosario de las cinco y media, que advertía a los peregrinos de la pronta partida hacia Dos Hermanas, Tocaban las seis y la Virgen, protegida con su funda y resguardada en su carreta, dejaba con el resto de la comitiva el Cortijo. Aún les cuesta creer a los romeros que la zona de Cuarto -la Diputación Provincial de Sevilla ya ha anunciado el inicio del desarrollo urbanístico de sus 136 hectáreas y la construcción de más de 5.000 viviendas para finales de 2009- vaya a perder dentro de unos años las imágenes del ayer. La estética del mañana despierta los primeros recelos. «Dicen que habrá zonas verdes e incluso pinares que darían cobijo a la romería, aunque habrá que esperar porque ya se sabe que lo urbano y los pisos tienen más peso que muchas tradiciones», dice Javier, vecino de Bellavista. La lluvia obligó a acelerar el paso y la llegada este año a Dos Hermanas se adelantó.
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