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Sábado, 03-01-09
Lo viste allí, aquella mañana que siempre se olvidaba de tus sueños. Fue en la casa de aquel niño rico tan generoso, en aquella casa a la que ibas a creer, por la manifestación en otros, en los Reyes Magos. Se lo habían montado en el cuarto grande donde almacenaban colleras y arreos y esperaba turno de paseos un charré con capota al que algunas veces subiste a jugar creyendo que paseabas por la vega, imaginando una mula castaña entre las varas que reposaban en el suelo. Se lo habían montado con todos los detalles. Era un tren de viajeros tirado por una máquina negra y hermosa. Seis vagones de color rojo que brillaban bajo la gran luz de la nave y en los que asomaba, en algunas ventanillas, el perfil de cartón de algunos viajeros. Era un tren fuerte, no como algunos de lata que habías visto en otros sitios. Era un tren sólido, de acero o de hierro, que se asentaba en la vía como los que pasaban por la vega.
Lo habían montado en la nave y habían aprovechado la pared para colocar los cerros y una casita solitaria. En la ladera se levantaban arbolillos y grupos de piedras, alguna cueva y unos matorrales. Cerros verdes de verdina y ocres de serrín. Bajo los cerros, el largo túnel por el que entraba y salía el tren como una puntada de fantasía… Te maravilló asomarte a la boca de salida y ver cómo se acercaba la lucecita que en la frente tenía la máquina, pequeño cíclope de juguete. Y abajo, en el valle, el puente sobre el río. Un río con agua y un puente metálico no del todo fijado para que cambiara el sonido del tren al pasarlo, aquel diminuto traqueteo. Y la estación, donde el tren paraba. Estación con una cantina, un reloj y una marquesina, y a la puerta, el jefe de estación, uniformado, y cerca de la vía, un guardagujas con unas banderas, y en el andén, unos viajeros junto a unas maletas… Una y otra vez, apoyado en un borrico de carpintero donde colocaban algunas sillas de montar, mirabas aquel tren, aquel paisaje, y soñabas lo que sería tu cuarto con aquel tren y tú todo el día, insomne ferroviario, incansable viajero a todos los sitios, unido en la puntada del tren a la sola idea de viajar. Las noches de la infancia se te llenaron de trenes que cruzaban la oscuridad de la alcoba, y en todos los amaneceres despertaba un niño sin tren que no se explicaba por qué los sueños no se cumplen igual en todos los sitios, en todas las ilusiones…
Dios, ese Rey Mago de tu fe, te regaló hace tiempo un tren que pasa varias veces al día frente a tu mirada, y baja por cerros de verdad, entre árboles de verdad, y baja al valle donde está un río cierto, y traquetea al pasar el puente metálico, y pita y lleva luz en la frente; tren de viajeros de verdad… Pero en la estación de los sueños el tren no para, porque allí ya no está aquel niño que creció sin haber tenido nunca un tren de su edad…
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