Jueves, 29-01-09
Si fue aquella vez que no aparecía «Currito», el mayor de los perros, y nos volvimos locos buscándolo en todas partes, llamándolo a gritos, y hasta que lo encontramos —que se había quedado encerrado en el cuarto de los chismes—, fueron quince o veinte minutos que nos parecieron una eternidad… Si es la espera del aviso para un trabajo y nos consumimos en los instantes, ¿qué no será, Cangui, el tiempo contado segundo a segundo, de unos padres que ven que su hija lleva cinco o seis días nadie sabe dónde? Terrible reloj de la espera, Cangui, siempre hiriendo con sus manillas. Si es la espera en los pasillos de un hospital, cerca de la puerta de quirófanos, porque dentro hay alguien que nos duele mucho y sabemos que sestea en la anestesia y por alguna parte de su cuerpo andan bisturíes manchados de sangre, y sentimos que el tiempo no pasa, nos aplasta, y estamos deseando y estamos temiendo que la puerta se abra y aparezca el cirujano con la mascarilla en barboquejo, y se hacen eternos los instantes de la noticia, y una larguísima agonía de un instante nos habita hasta que dice que todo ha ido bien… ¿Qué no será, Cangui, estar esperando todas las milésimas de todos los segundos de todos los minutos de todas las horas, sin saber dónde está tu niña?
Y el teléfono. El miedo a que el teléfono suene, porque si en las primeras horas el sonido del timbre del teléfono tiene algo de esperanzador, a medida que van pasando las horas, los días, el sonido del teléfono es un nudo corredizo que ahoga. Y da miedo tener que cogerlo, y hay que cogerlo, y no una ni dos veces, miles de veces, Cangui, y siempre temiendo lo peor, aunque nunca se apague del todo la esperanza. Ni se come, ni se duerme, ni se vive, aunque se coma, se duerma, se viva. Una llaga viva, un carbón que no se apaga nunca, el tiempo, lento gigante contrario, que no nos deja salir de la agónica estrechez de la preocupación. ¿Te imaginas, Cangui, cómo estarán en la casa de Marta, esa muchacha de Sevilla, que lleva cinco días sin dar señales de vida? ¿Te imaginas la de imágenes que habrán pasado por la mente de sus padres? Porque en casos así las imágenes que más se repiten no son las de un regreso feliz, no; en situaciones así la mente se llena de canallas que secuestran a una muchacha, de violadores, de navajas, de indefensión desnuda y violentada en un descampado, siempre al borde de lo peor, y esa sangre de los suyos que no se enfría, que no puede conciliar un sueño sin pesadillas, una comida sin sobresaltos, y esos timbres de teléfonos sonando, sonando, sonando… Y el tiempo gigante y lento aplastando esperas y esperanzas. Si a Marta la encuentran viva —ojalá—, ni siquiera esa alegría podrá quitarles nunca a sus padres la enorme pena de estos días, esa agonía de la espera que hace envejecer en una noche y se queda dentro ya para siempre…

