Valoración:
Jueves, 29-01-09
El caso de Marta ha llenado, en cuestión de horas, la ciudad de carteles y de conmoción. Ha sido como un apagón que afectara a todo los hogares donde aún quede un ápice de sensibilidad. Hay en este pandemonium un detalle que podría ser útil de cara al futuro de otros muchos jóvenes a los que, irremediablemente, identificamos con Marta. Porque tengo la impresión de que esa chica nos resulta familiar a todos. Y es que cuando el miedo une, vemos en el rostro de la víctima a esa hija, esa hermana, esa vecina con la que nos encontramos a menudo sin (querer) pensar nunca que le pueda tocar a ella.
Debemos recapacitar, en todo caso, acerca de aquellos extremos de estas historias tormentosas que podrían darnos luz en éste y en otros episodios de la vida colectiva. Alguien oyó un grito seco de mujer a la hora en que desapareció Marta. Me pregunté al leer este dato en cómo nos hemos acostumbrado a los gritos ahogados de la muchachada hasta altas horas de la noche y en cualquier punto de nuestras calles. Antes de que las nuevas generaciones tomaran la vía pública con sus voces más o menos desgarradas, un grito crispado procedente del exterior de las viviendas era un mensaje de alarma, y al momento se poblaban las fachadas de cabezas y los balcones de batines con ánimo de ayudar a quien lo pudiera necesitar. Pero ya el grito aquel que pintó Munch hace más de un siglo y que sigue expresando la angustia de una cultura ha sido linchado por las pandillas de chavales que emiten sus decibelios orgiásticamente. Parece que no saben festejar el gozo de vivir y no tener clases al día siguiente más que atronando el aire que les envuelve, y que, como las ondas radioeléctricas, forman un espectro común sobre el que las cuerdas vocales y los sonidos constituyen un lenguaje para comunicarse, no para molestar.
Lo que han conseguido esas borrascas de mozalbetes con sus gritos ha sido que ya no salgamos a ver qué pasa cuando alguien rompe la calma. El grito, que podría salvar vidas, también ha perdido su valor, es otra baratija en el top manta de lo que ha sido adulterado, como la falsificación de una prenda de valor. Gritar ya no sirve. Habrá que recordárselo a nuestros hijos.
Valoración:

Enviar a:

¿qué es esto?


Más noticias sobre...