Valoración:
Martes, 10-02-09
La pregunta del cura de Alcázar de San Juan, Javier Quevedo Muñoz, en el programa de televisión más visto en mucho tiempo, tuvo la extraordinaria virtud de poner al presidente del Gobierno contra las cuerdas de una sarta de incoherencias. Los esfuerzos, patéticos, por salirse por la tangente y eludir la respuesta, tan clara como un sí o un no, a si él creía que el feto o el embrión es un ser humano, lanzaron a las ondas la verdadera imagen de Zapatero, su Gobierno, su partido y su electorado. Mientras el presidente balbucía sus silogismos inacabados ante las cámaras, a muchos kilómetros de allí, unos padres no hacían más que preguntarse por qué les había tocado a ellos ser golpeados por el silencio de no saber nada de su hija desde hacía ya cuarenta y ocho horas. Por qué alguien la había suprimido de sus vidas de padre y madre ilusionados que habían criado a una niña para que disfrutara de sus diecisiete años y de la vida que tenía por delante.
Tras la pregunta del sacerdote había también unos cuantos porqués transidos de la inescrutable pena de ver cómo se destrozan fetos y embriones sin que el máximo responsable de la legislación que lo permite tenga las agallas de indicar si en su opinión se está sacrificando a seres humanos. Al final, todo nos lleva a la misma disyuntiva de Caín y de Abel: «¿Qué has hecho con tu hermano?». A Zapatero se le podría haber planteado la misma cuestión en estos términos. Es la viejísima distancia, que la hay, entre el bien y el mal.
En el eclipse de Marta también podemos contemplar, a cara descubierta, al bien y al mal enzarzados. El primero ha desatado una movilización noble y espontánea de voluntarios para buscar a la chica sevillana en los lugares más recónditos y peligrosos. Sin recibir nada a cambio, con un altruismo que tambalea, policías locales, guardias civiles, bomberos y sanitarios fuera de servicio, constituyeron una sociedad civil para trabajar, robándole horas al sueño, a la familia, a los amigos y al fútbol, y se organizaron en «comandos» en pos de un ser humano sin aguardar a disquisiciones leguleyas y otras zarandajas. Pero —¡ay!— al mismo tiempo, el padre de Marta contaba algo que revela la presteza del mal y sus agentes en actuar donde olfatean sufrimiento ajeno y alguna ganancia en ello. Se refería, como de pasada, a «las llamadas malignas que nos hacen a cualquier hora, en las que incluso salen chiquillos llorando».
Yo también me pregunto, como usted, ¿cómo es posible? Es la misma pregunta del cura de Ciudad Real, aunque el destinatario sea distinto.
Valoración:

Enviar a:

¿qué es esto?


Más noticias sobre...