Lunes, 30-03-09
El partido del domingo pasado entre Costa de Marfil y Malaui no es que acabara en tragedia sino que empezó con ella, pues una avalancha de espectadores antes del inicio del choque produjo 22 muertos. Cosas del Tercer Mundo, dirá un listillo. En el Primer Mundo, porque Benacazón es población de un país desarrollado y de una capital con Metro, le dieron una brutal paliza a un colegiado hace un mes de la que aún anda con secuelas, y ayer, en otra localidad de la civilización occidental, donde no visten con taparrabos sino que lucen tommyhilfigerwear, El Saucejo, le hicieron tal pasillo al árbitro que cuando acabó de pasar por él parecía recién salido de la centrifugadora. ¿Seguro que el nuestro es el Primer Mundo?
Los árbitros en el fútbol profesional son unos privilegiados porque por mucho que se sientan incomprendidos, insultados, humillados e incluso amenazados por los grupos más agresivos de aficionados, cuentan con una protección adecuada. Su integridad nunca peligrará, ni siquiera en los partidos que Antiviolencia designe como «alto riesgo». Porque el verdadero alto riesgo para los colegiados nunca estará en el Bernabéu, ni La Rosaleda o San Mamés, sino en los campos de Regional, en los partidos de juveniles de los pueblos, en las pachanguitas de nuestros alevines en los colegios.
Decía José Gallardo, presidente de los árbitros andaluces, que un descendiente directo de los bárbaros le pegó este fin de semana en Algeciras a un árbitro de catorce años. Para meterle el pito al tipo por donde le quepa.
No creo que sea tanto un problema educacional como sanitario. Hay mucho trastorno de personalidad sin diagnosticar, mucho impulsivo sin freno terapéutico. El gamberro en la calle por la tarde y el maltratador en casa por la noche es también el energúmeno por la mañana en el campo de fútbol.