Domingo, 05-04-09
Tenía que ser un Domingo de Ramos. El último embuste de Cai, con el caray, murió en la fiesta más grande de Sevilla. El pícaro del cante, ganapán del atrás de las mejores bailaoras del mundo, tan enorme contaor como cantaor, expiró anoche a la hora del Amor. Se fue con su Chana de la mano. Olvidado en su agonía por quienes tanto se precian de haber rescatado al flamenco de no sé qué pozo cuando quienes han puesto la queja andaluza en el cielo han sido los que aprendieron a cantar en los pescantes de los coches de caballos y en los cuartos de los burdeles. Pericón enterró sus mil y una historias en la fosa común de Ignacio Ezpeleta. Y ahora se va con ellos Chano Lobato, el gachó de Santa María que cantó con más soniquete y contó con más gracia. Se va llevándose una estirpe. Muere el linaje de los esportilleros del cante, de los buscavidas que supieron reírse de la escasez y del desprecio. Fenece una época, una estética y una ética. Porque a Chano, ese genio de sal, lo he visto yo padecer en peñas y festivales de poca monta lo que no se merecía. Pero él no sabía vivir de otra forma. Se crió en la miseria y nunca pudo quitarse de encima el lastre de la necesidad. Trataba de hacer gracia a los demás porque le dolían las entrañas de cantar la vieja soleá de su paisano el Mellizo: «No me quea más remedio / que agachá la cabecita / y decí que lo blanco es negro». Chano era un hombre colosal. Capaz de echarle azúcar por tangos a la vida para doblegar a su diabetes. Y tinto. Chano metió por bulerías todos los desmanes que le tocó vivir. Y por eso, aunque en su casa de Heliópolis se dejara crecer la barba, lo conoceremos siempre como el cantaor del fular y la gabardina que nos reveló el origen del titiritrán de las alegrías de su bahía: «Aquello fue por una borrachera de Ezpeleta». Ahora estará con él, y con su tocayo Juan Vilches, contándose historias de mojarras y parados, de mangazos y juergas, de astilleros y cantes gregorianos. Chano les estará contando la última película de su vida como le contaba las de John Wayne a Vigorra con Matilde Coral, a quien llamaba «la portera del infierno». Pero será Matilde la que más empeño ponga, caray, en echarlo para atrás para que se vaya a la gloria a contarle a San Pedro Bendito su embuste de la Primitiva: «Mi madre la echa todas las semanas para ver si me quita de cantar», decía con 80 años. Y se va sin lograrlo. En silencio. El día más bonito de Sevilla, la tierra que lo adoptó para comprar las esencias de Cai. Ha muerto Chano Lobato, señores. Fue anoche. Muy tarde. A la hora del Amor. Y de esta Amargura con la que escribo sin compás, sin consuelo y sin caray. Que estas son las cosas que pasan en Cai. Ay.

