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Jueves, 09-04-09
En el contexto de una mentalidad en la que la palabra amor es más utilizada que nunca, la Iglesia nos habla hoy, Jueves Santo, del amor fraterno, del amor cristiano, de la caridad. Un amor con «apellido», del que cabría que se nos preguntara si es distinto a ese otro amor al que constantemente se alude, si aporta algo nuevo. En la respuesta que demos a este planteamiento, en el que nos tenemos que esforzar para explicar con claridad en qué consiste la especificidad del amor cristiano, los hijos de la Iglesia nos jugamos ante el resto de la sociedad, cada día más secularizada y en la que lo religioso no cuenta o no cuenta lo suficiente, el atractivo de nuestra propuesta, que aparece ante nuestros contemporáneos como «una más».
¿Cómo mostrar la idiosincrasia del amor cristiano? Creo que no tenemos más que hacer presentes algunas situaciones que vivimos cotidianamente para comprobar la gran diferencia que existe entre lo que «el mundo» —por utilizar este término del Evangelio de San Juan para designar a esa sociedad secularizada de la hemos hablado— entiende por amor y lo que el mensaje de Cristo nos propone. Con un somero repaso, podemos concluir algunos de sus rasgos.
En nuestra cultura actual, esa misma que tanto exalta el amor, éste sólo está reservado para el que corresponde, porque, también en este ámbito, entra en juego la transacción, el rédito y el cálculo; este amor tiene límites circunstanciales y temporales, porque perdura sólo hasta que todo «vaya bien» y hasta que no se caiga en la monotonía; es impaciente, y mucho, porque necesita de lo inmediato y de lo palpable para perseverar; es desagradecido, porque olvida fácilmente lo bueno que se ha recibido, aunque no olvida fácilmente el mal infligido…
Amor al fin y al cabo, sí, que no es malo en sí mismo, pero ¿suficiente? Para Cristo, no. Él, Camino, Verdad y Vida, nos enseña por boca del apóstol San Pablo qué es el verdadero amor, cómo es la caridad: «es paciente, servicial; el amor no es jactancioso, no es envidioso no se engríe; es decoroso; no busca su interés; no se irrita; no lleva cuentas del mal; no se alegra con la injusticia; se alegra con la verdad. Todo lo excusa, todo lo cree. Todo lo espera, todo lo soporta. El amor no acaba nunca» (1Cor 13, 4-8). Este es el tipo de amor con el que nos ama Dios, con el que nos ha amado por medio de su Hijo; un tipo de amor que quiere que hagamos presente en nuestras vidas: no en balde fue el mandamiento que nos dio a nosotros, sus discípulos, precisamente en la noche en la que iba a ser entregado: «amaos unos a otros como yo os he amado» (Jn 13, 34)
El que quiere amar con este auténtico amor, con caridad cristiana; el que quiere hacer vida y dar vida con el amor fraterno, tiene que amar así, como Cristo nos enseñó, con un amor que se sacrifica, que está dispuesto siempre a ofrecer perdón —aunque éste no se acoja— y aunque no «apetezca» nada. Quizá la clave esté ahí: es posible que el concepto de amor que nuestra mentalidad tiene se identifique con el afecto, con una simple pasión del ánimo, cuando en verdad, la caridad, trasciende ese nivel elemental y es algo mucho más profundo…
Parafraseando a San Pedro, y ante la propuesta de amor que Cristo nos hace, podríamos exclamar: «Señor, ¿quién podrá amar así?», respondiéndonos el mismo Cristo, de modo semejante a como contestó a Pedro ante su perplejidad: «para el hombre es imposible, pero para Dios, nada hay imposible». Y porque precisamente, sin la ayuda de Dios es imposible hacer presente este amor en todos y cada uno de los momentos de nuestra existencia, hoy la Iglesia también celebra la institución de la Eucaristía, el sacramento con el que conmemoramos la entrega total de Cristo en la Cruz y por el que recibimos su Cuerpo y su Sangre, que entregó amorosamente para librarnos de todo mal.
Es la fuerza que nos proporcionan los sacramentos, y especialmente el de la Eucaristía, la que nos permite vivir ese amor fraterno, aunque luego no seamos capaces de aprovecharla. No es nuestro simple esfuerzo el que lo posibilita, porque sin el Alimento que nos viene del cielo, sin la Eucaristía, sucumbiríamos al calor y al cansancio del «desierto» en el que muchas veces se convierte nuestra existencia. No es nuestra bondad, no son nuestras fuerzas, las que nos permiten amar a todo trance, como lo hizo Cristo, sino que son la bondad y la fuerza de Dios que se nos transmiten en la Eucaristía las que nos permiten ir transformando nuestra vida para que la caridad esté constantemente presente en ella. Ahí es precisamente donde radica la novedad del amor cristiano, en que no tiene su fundamento en nuestra propia capacidad, sino en que es posibilitado por el amor que nos proporciona el que es Amor en su esencia. Esa es la especificidad de la caridad, la que la hace distinta a cualquier otro tipo de amor: es un amor sostenido, fundamentado, alimentado con el «Pan del Cielo», con la Eucaristía.
Y precisamente porque el sacramento de la Eucaristía está íntimamente ligado al del orden sacerdotal, ya que sólo es posible hacerla presente por la mediación del sacerdote, la Iglesia también celebra cada Jueves Santo la institución de este otro sacramento.
Efectivamente el Señor quiso asignar el ministerio de perpetuar esa su entrega generosa por el género humano, que posibilita la nuestra, a hombres escogidos de entre su pueblo; hombres que, como nos enseña la Sagrada Escritura cuando describe a los apóstoles, a veces se mostraron infieles, torpes para entender su Palabra, ávidos de poder…pero a los que hacía dignos de ser sus apóstoles por la determinación de seguirlo hasta la muerte y por el amor que le profesaban a su Maestro.
Por eso, y cuando incluso en el ámbito eclesial se valora cada vez menos el papel del sacerdote, hoy es día para agradecerle al Señor que haya querido prolongar su ministerio sacerdotal a través de hermanos nuestros, que con sus propias manos nos traen su Cuerpo y su Sangre y nos perdonan los pecados, que dirigen nuestras comunidades y que nos enseñan la doctrina que nos trae la verdadera felicidad.
Hoy es día para dar gracias a Dios por aquel sacerdote que nos bautizó, por aquel otro que supo darnos un sabio consejo a tiempo, o por el que estuvo presente en un momento especialmente difícil de nuestra vida.
Y cómo no —es un imperativo del amor cristiano—, hoy es día para rogar por aquellos sacerdotes que vemos cansados, por los que han perdido la vitalidad apostólica que debe caracterizar el ministerio de un pastor, incluso, por los que han fallado en el cumplimiento de sus deberes sacerdotales por haber servido a otros «señores» que no son el Señor verdadero.
Pidámosle hoy al Cristo que la participación en la Santa Misa y la contemplación de los misterios de la Pasión representados por nuestras Cofradías nos hagan caer en la cuenta y grabar a fuego en nuestros corazones que el más profundo y verdadero amor que es capaz de regenerar desde su raíz toda nuestra existencia y este nuestro mundo, sólo brota de la Eucaristía que, por el ministerio de los sacerdotes, es celebrada en la Iglesia.
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