Martes, 14-04-09
Aquel 14 de febrero parecía que todo sería cosa de unas horas, que encontrarían el cuerpo de la muchacha y la enterrarían y la culpa se quedaría entre rejas. Pero se han ido alargando los días y las mentiras, la pena y la desesperación de su familia, la frialdad asesina y la frialdad cómplice, y es posible que estemos ante uno de esos sucesos que quedan en la memoria de los pueblos y que extrañarán a las generaciones venideras, por increíbles. Alguien, desde donde sea, mueve muy bien las piezas que necesita para ganar la partida. Ya dijimos en su día que la búsqueda en el río se hubiese suspendido el mismo día, si con los agentes que se sumergían en las frías aguas del Guadalquivir hubieran ido, cogidos de la mano, quienes dijeron que tiraron al río el cuerpo de la muchacha, pero no fue así —no puede ser en esta Justicia— y los canallas ganaron tiempo, la mentira cambio la jugada y señaló un contenedor de basura y volvió a ganar tiempo —en todo esto, el tiempo es, al parecer, el factor más importante para los culpables—, y a estas alturas, tras veinte días removiendo basura, nadie sabe nada de Marta, ni de su cuerpo ni de sus ropas. Nada. Quizá hubiesen sobrado diecinueve días si a Miguel, que señaló el contenedor, lo hubiesen puesto a buscar, con los agentes, en el basurero. Es fácil jugar al escondite cuando sabes que nadie va a tocarte un pelo por mentir, y es asombrosamente canalla mantener la pena de una familia a la que la mano asesina ni siquiera le da la oportunidad de enterrar el cuerpo de su hija. No se trata de que hayan detenido a un sospechoso, es un criminal confeso que ha dado detalles espeluznantes de su acción. Y ante esto, no tendría que tener ningún peso para la condena el que encuentren o no el cuerpo de la víctima. No entendemos que una asunción de la culpa no sea bastante para aplicar la máxima pena, que otra cosa sería si el autor, por más que todo estuviera señalándole como culpable, hubiese negado los hechos desde el primer momento.
Pero Marta se aleja envuelta en la nada de su muerte y la culpa silba son de victoria a la espera de que el tiempo le suelte las esposas y le abra barrotes. Como pasa siempre —ya lo dijimos—, todo se quedará en el rescoldo doloroso de los suyos. Lo demás va recibiendo capas de tiempo que hacen olvidarlo. Mientras, algún hijo de perra se frota las manos por la victoria de su culpa. Tiene riles la cosa.

