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Gitanos, señoritos y carabas
ARCHIVO ABC Vista de la Feria de ganado tomada en 1888, con la Giralda y la Catedral al fondo
Martes, 28-04-09
ATRAVESEMOS el tiempo detenido en la estampa, el sepia del polvo en suspensión del barullo, los tipos humanos que pasan como sombras y el olor montuno del batiburrillo animal de caballos, yeguas, potrillos, burros, vacas, novillos, terneras, ovejas, cabras, cochinos... que se revuelve frente al sky line que marcan la Giralda y los picachos catredalicios. Es la Feria del Prado de San Sebastián capturada en 1888. Ya llevaba poco más de cuatro décadas de vida y en su libro de tratos y cambalacheos, de modas y cambios, iba escribiendo la exégesis de la realidad de un proyecto vasco-catalán que, de la mano de José María Ybarra y Narciso Bonaplata, y con el regio beneplácito de Isabel II, habría de convertirse en la seña de la ciudad para sí misma y para el mundo.
Las curvadas cachas de tijeras de los esquiladores se enredaban con los pañolitos de flecos que ceñían el pecho de las gitanas mientras churumbeles sin vergüenza del bronce de su desnudo jugaban entre ruidos de cencerros, relinchos, mugidos y polvaredas. Al lado pasaban los flamencos de sombrero calañés, botines pespunteados o botas de charol, los ganaderos y los marchantes, los canastilleros y los señoritos de frac y guante blanco y extranjeros venidos desde todo el orbe. Llegaban las gentes por la calle San Fernando, trufándose con las cigarreras de fresco rodete, y desde Santa María la Blanca, hasta el Prado, donde, por arte de birlibirloque, los criados y mayordomos de las casas grandes habían trasformado aquellas casetas de esqueleto alquilado por 100 reales en viviendas efímeras con espejos, telas de damasco, flores, alfombras, divanes, mecedoras, catrecillos y hasta con armoniums y pianos, porque la feria estaba en los principios de las postrimerías del siglo XIX, antes de que se perdiera Cuba, en continua metamorfosis, absorción y contradicción. Rigoletto, Rubinstein y Puccini luchaban contra los cantes de Tobalo, «El Fillo» y Silverio y la moda transpirenaica con la mantilla, el pañolón de Manila y la peineta de concha.
La impronta de las primeras ferias se pierde en el paisaje de esas casetas que se fueron comiendo el negocio ganadero, entre los fondines y tabernas de vino, cazalla, «menúo» y caracoles, los teatros mecánicos, los polichinelas y las fieras, las buñoleras pícaras y sus anafes y los fenómenos de las carabas, con la mujer monstruo de cuerpo de morsa, los enanos y gigantes, las descoyuntadas que vivían de ser serpiente y aquella mula moribunda del chascarrillo que, por cuatro reales pudieron ver nuestros ancestros, y que fue, de verdad, la «K-(que)-araba».
POR AURORA FLÓREZ
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