El Quema vivió ayer el paso de las últimas hermandades. La Macarena y Sevilla llenaron de cante y de vivencias el paso de un río que «salpica» de devoción a todos los que lo cruzan. «Allí se obran prodigios como que un hijo bautice a su padre»
Un momento, ayer, del paso de las hermandades de Osuna y Puente Genil por el vado del río Quema. J. M. SERRANO
Actualizado Sábado, 30-05-09 a las 07:39
Solo una cuarta de agua basta para empapar una multitud. A todos moja este líquido que siendo turbio es tan puro que es capaz de limpiar a quienes lo cruzan, de afanes y nimiedades. Tan puro que arranca de las pieles bronceadas las costras de problemas absurdos que traen pegadas desde la ciudad, donde la vida tiene tan poco que ver con todo esto: un río, un cante, un sendero de arena y compañeros para caminar. Ayer cruzaron el Quema las siete últimas hermandades procedentes de Sevilla y Córdoba. Entre ellas, dos de la capital: la Macarena y Sevilla (el Salvador) multitudinarias de peregrinos, ambiente y devoción.
Con un sol radiante en lo alto, como presagio de un día duro de calor y polvo. A la hora del ángelus pasa la Macarena y el río se hace capilla para los rezos que alaban a María en esta hora. Oración y cante en todos los labios. Desde el agua y en las altas riberas que dan fondo de humanidad apretujada a cuanto acontece en el cauce. El Simpecado se queda en el río un rato más y espera que pasen por delante las carretas de bueyes. En el lado contrario, haciendo pasillo esperan los peregrinos. Mojan cada carreta para que también queden bautizadas y el agua les llegue hasta el orgulloso letrero en el que luce su filiación macarena. El boyero de la carreta del Simpecado ejerce de capitán del gremio y bautiza a los compañeros que pasan por delante de él y que vienen por primera vez.
Todo queda bendecido por este agua. Y se obran prodigios como que un hijo bautice a su padre y selle con un abrazo un lazo que va incluso más allá de la sangre. Pasa la carreta y tras ella se intuyen promesas, una en la gigantesca mochila que porta un joven aferrado a la trasera. Esta noche, dormirá al raso, bajo el Simpecado. Aunque como afirma un peregrino «aquí no dormimos, caemos rendidos». Mañana se levantará antes del alba. Otra en la cara de una mujer que no quiere cruzar su mirada con nadie, porque todos saben por qué viene. Con todo, a lo largo de su camino volverán a cantar como ahora hacen «que yo quiero caminos, pinos y arena».
Cuando salen del agua ya está al llegar Mairena del Aljarafe. Más cante y compás por rumbas. Polifonía de voces, de hombres y de mujeres, de sombreros al aire y de abanicos en revuelo en hermosa coreografía. Menos gente que en las dos hermandades entre las que ha quedado ubicada, pero igual de apretados alrededor de la Virgen chiquita que les guía hasta el Rocío.
Sevilla se deja querer un rato más y alarga su llegada. Es la última que cruzará un río Quema que este año viene con menos agua. La carreta viene con bulla digna de palio delante. Digna de los 75 años que cumple la hermandad. Las sevillanas se engarzan unas con otras en la bulla más afinada del mundo. A los lados, escolta de caballería, perfectamente ataviada de traje corto y sombrero. Cuando terminan las preces el hermano mayor deja colgados en el aire unos vivas que le desgarran la garganta y le desbocan el lagrimal. Más cante para seguir el camino. Pero cuando los peregrinos enfilan la cuesta que les saca del agua ya no cantan todos. Hay gargantas anudadas, corazones pellizcados, abrazos que dar y un deseo que dejar expresar antes de que se sequen los bajos de la ropa y las lágrimas de la cara: «que el año que viene volvamos otra vez». Es el salmo que todos entonan, desde el cura hasta el peregrino que camina agarrado a la carreta. Desde el hermano mayor hasta el carretero viejo y sabio que cruza su carreta sin echarse abajo. Y es que este agua del río Quema moja a todo el mundo. Sale del vado un peregrino estirado en su caballo, chaquetilla oscura que brilla de nueva, ala ancha en la cabeza y patilla en la cara. Y va salpicado de este agua.
Clava su vara, coronada de romero, una señora de mediana edad se ha quedado varada en el centro del río. Lleva bata rociera que no es de estreno —«cosas de la crisis», dice—. Se ha apartado un poco de la bulla y tiene en sus ojos un brillo de vidrio y en sus labios una íntima sonrisa. Se le pregunta por qué viene al Rocío y contesta que son cosas suyas. «Mías y de la Virgen», añade. La débil corriente le lame los tobillos, pero va empapada de este agua.
La mano en la cadera evidencia achaques, años y cansancio. Vista desde detrás, las hechuras del moño anticipan solera de muchos rocíos. De frente es un rostro castigado del sol de estos días pero maquillada como para ir a la boda de su hijo. Se deja la garganta en cada viva. «¿Y usted por qué viene al Rocío?». Mira extrañada y como dándole pena de quien no entiende esas cosas y tiene que preguntar por ellas. «Y adónde voy a ir, en Sevilla no queda nadie que yo conozca». Va chorreando de agua. Este agua moja mucho más de lo que parece. Algo tiene este río que sólo llega al tobillo pero humedece los ojos y cala hasta los huesos. Es este líquido que a todos empapa de fe.


