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Las hermandades filiales hicieron la presentación ante la Virgen del Rocío en mitad un día caluroso y que registró un leve descenso de público
El mundo se divide en dos
La explanada del santuario atestada de público durante la presentación de las hermandades. J. M. SERRANO
Actualizado Domingo, 31-05-09 a las 07:47
Había llegado, peregrino, con la hermandad de Los Palacios. Era la tercera vez que lo hacía pero, ni siquiera esa corta experiencia le vale para no seguir sorprendiéndose de las cosas. Dominique Lapierre, el escritor francés del best seller «La ciudad de la alegría», se lo había confesado a los compañeros de Canal Sur cuando sus botos eran ya un océano de polvo sumergido en la arena.
«El mundo se divide en dos: los que han venido a hacer el camino y los que no». Y, en verdad, la frase sienta cátedra tanto en los que conocen el Rocío como los que sólo han oído hablar de él. En «La ciudad de la alegría», Lapierre retrataba la vida en un miserable barrio de chabolas de Calcuta. En cierta medida, Calcuta, cuajada de desigualdades, también estaba divida en dos. Como El Rocío, que este año ha trazado una línea divisoria entre los que padecen la crisis y los que no aparentan padecerla.
Casas que, todavía, tienen colgado el cartel de «se alquila» o calles donde reina mayor sosiego que otros años. Han sido las dos claves que utilizan los que conocen bien la romería para detectar que es posible que la coyuntura económica que impera en el país haya tenido su eco hasta en la misma marisma. Con crisis o sin ella, las hermandades del Rocío se presentaron ayer ante el Santuario con los bolsillos más o menos vacíos pero con el corazón lleno. Lo demostró Villamanrique de la Condesa, como lo lleva haciendo desde el principio, pues en las cosas del Rocío siempre han defendido que se llevan «la palma». Su presidente, Juan Márquez, cuenta este año con hasta cinco hermanos mayores auxiliándolo porque dice que «la crisis lo ha hecho necesario». En nombre de la Casa del Rey venía portando el banderín real Carlos Zamoyski y Borbón, sobrino de SAR Don Juan Carlos. De su mano, el Puerto de Santa María —historia pura que ya cuenta con medio siglo—, caminando a la par y con igual medida.
Bajo la blanca concha del Santuario que idearan Balbontín de Orta y Delgado Roig hace 40 años, estaba el presidente de la Hermandad Matriz, José Joaquín Gil. Antes del inicio de las presentaciones había recordado a todos los que se congregaban frente al templo el lema de la romería de este año «Rocío de luz y esperanza», en favor de los donantes de órganos.
A primeras horas se presentaba ante la Virgen Pilas con un caudal de peregrinos propia del tiempo del alma con el que mecen la fe. Y la Palma con su Condado de fieles y Moguer con el corazón tierno de Platero y Sanlúcar de Barrameda regando al mundo con la sal traída por Doñana...
Cuando el sol ponía su montera sobre la aldea, los balcones del templo blanco se desbordaban, decenas de caballistas desnudando la cabeza de su sombrero. Ese murmullo... sonando... ¡ya está aquí Triana... ya está aquí Triana...! Las varas, en alto, parecían clavarse en el cielo azul. Triana era un largo cortejo mezclado con Dos Hermanas, su ahijada, que cumplía 75 años. Las dos de la mano venían a contarle a la Virgen cuánto la quieren más allá de estas tierras.
Porque la Virgen del Rocío viene a ser un patrimonio de todos. Desde los que la guardan desde Almonte hasta los que ayer vinieron desde Brasil o Bruselas a lanzarles besos al aire. Desde el lazo verde y amarillo de Gines cuando amadrinó a Olivares al cajón de los siglos de Umbrete que debiera estar protegido por las leyes de la UNESCO.
El Rocío es eso y mucho más. Los 50 años de Aznalcázar y el primero de Morón, en soledad. De los 75 años de la fidelidad y protección de Hinojos a los mismos que lleva Sevilla estrenando la caricia de la testuz de los bueyes en los bordados de Elena Caro.
Cuando atardece en el horizonte de viejos pinares, en la marisma refresca y, así, en toda la aldea. Por la calle Villamanrique regresan decenas de hermandades tras la presentación. La Macarena avanza con llamas encendidas por la puerta de la casa antigua de Maruja Vilches por la que el tiempo no quiere pasar. Se escucha cantar en el porche, en el patio, en el borde de la escalera del salón. Los rocieros llegaron a la aldea porque querían ser dichosos y lo fueron... y lo son. Es como esa «Ciudad de la alegría» que retrataba Dominique Lapierre, donde eran felices todos, pese a todo.
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