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Carod descubrió una placa en el edificio donde tuvo su sede la Generalitat entre 1948 y 1954. Al acto sólo acudieron el embajador español, la primera adjunta al alcalde y la embajadora de Marruecos en la Unesco
Víctima de los atascos, Josep-Lluis Carod-Rovira, vicepresidente de la Generalitat catalana, llegó con 20 minutos de retraso al acto de solemne recuerdo, con una placa conmemorativa, de la antigua sede de la Generalitat, en la calle de Washington, entre 1948 y 1954, donde lo esperaban el embajador de España, Francisco Villar, y la primera adjunta al alcalde de París, Anne Hidalgo, nacida en la provincia de Cádiz.
Carod-Rovira pronunció un breve pero muy «enérgico» discurso nacionalista, recordando, en forma de homenaje, a Lluis Companys, y hablando de una Cataluña víctima de incontables persecuciones, encontrando siempre refugio en París.
Anne Hidalgo, por su parte, hija de emigrantes andaluces, tomó con mucho brío, bajo una lluvia finísima, la antorcha del patriotismo catalán adoptivo, para hacer un elogio muy selectivo de la sola inmigración catalana en el destierro -tan diversa ella misma- y terminar su discurso de la mano del embajador de España, descorriendo a trío, con Carod-Rovira, la bandera catalana que dejó paso a una placa que recuerda que en el número 10 de la calle de Washington (no lejos de donde don Pío Baroja escribió varios libros memorables, en el más absoluto olvido) estuvo entre 1948 y 1954 el gobierno de la Generalitat en el destierro, presidida durante aquellos años por el muy honorable Joseph Irla i Bosch.
La presencia de Carod-Rovira en París se inscribe, en ese marco, en un proceso más amplio con aparente vocación de «diplomacia cultural». Al acto de ayer fueron invitados numerosos miembros del cuerpo diplomático acreditado, pero sólo acudieron el embajador de España y la embajadora delegada de Marruecos en la Unesco.
La delegación de la Generalitat en París aspira a un cierto «reconocimiento» diplomático que el Ministerio francés de Exteriores cree «fuera de lugar». Ante tal silencio sepulcral, los hermanos Carod-Rovira están haciendo «avances» en dirección de la Unesco y la Alcaldía de París, aparentemente sensible a un vasto proyecto de placas, exposiciones y homenajes consagrados muy selectivamente a los «catalanes en París», en detrimento de otras inmigraciones culturales (Baroja, Machado, Azorín...) condenadas a un ominoso silencio diplomático.
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