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Publicado Domingo, 16-08-09 a las 08:31
No asfixia tu calor extremo más que la pasividad con la que aceptas que laceren tu piel y corroan tus entrañas. Lo reconozco, comenzaba a estar harto de tu indolencia. El verano es la excusa perfecta para abandonarte y aquí estoy disfrutando de la huida que supuse era lo que quería para desintoxicarme de tus peligrosas artes para el embeleso con las que dominas a cuantos te veneran. Mas las huidas con billete de vuelta tienen estas paradojas. Más que propiciar el olvido transitorio se alían con los tesoros de la memoria para rescatarte inmensa, voluble y golosa, con el apetito de un titán que necesitara del permanente amor extremo de sus hijos a los que llama a cada instante para devorarlos. Esta distancia que marca el estío podría ser el principio de un desamor por prescripción facultativa. Una terapia peligrosa de nostalgia. Ya lo dicen: como el tabaco y el periodismo, hay que saber quitarse a tiempo. Pero no. Sabes, me planteo repudiarte cuando permites que los desaprensivos se aferren a tus desparramadas ubres maternales sin más pasión que la de llenar la enorme tripa de su vanidad, pero es imposible. Hoy, no sé por qué, me acordé de los grandes árboles del parque de María Luisa que hicieron de meta volante de mi infancia en bicicleta, —mucho antes que Torrijos inventara la bicicleta—; cuando pensábamos que eras la mejor ciudad del mundo, porque como tantos no conocíamos más mundos. Cuánto daño te ha hecho ese chovinismo de incienso innecesario. Por eso, aquellos años de ausencia en juventud me sirvieron para aprender a quererte de veras. Seguramente me perdí lo mejor de ti, pero así no tenemos deudas pendientes. Ahora que miro las hojas desparramadas de aquella arboleda perdida y desgraciadamente hablamos más de los árboles que talan que de los brotes que no surgen, renuevo en la distancia el compromiso de no olvidarte, ni siquiera en esta ausencia necesaria de verano.
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