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Actualizado Lunes, 17-08-09 a las 07:05
Frecuentemente recibo correos electrónicos de sevillanos jóvenes que residen fuera de nuestra ciudad por motivos profesionales. En la mayoría de los casos los motivos consisten en una alta cualificación laboral y un deseo de aprender, adquirir experiencia y mejorar su estatus. Vamos, que Sevilla se les ha quedado pequeña y en los mejores años de su desarrollo personal tienen que emigrar a otras capitales; ya sean españolas como Madrid, Barcelona, Bilbao o Valencia; ya sean extranjeras como Londres, París, Toronto o Nueva York.
Es una triste realidad que tengamos que exportar el capital humano más cualificado de nuestra ciudad por carecer de ofertas adecuadas para buscarle ocupación. Es cierto que la movilidad geográfica es una de las características de la moderna vida laboral. Pero en este caso no se trata de simple movilidad. Aquí, en nuestra ciudad, lo que ocurre es que nos hemos convertido, por un lado, en una capital administrativa con un ingente número de funcionarios y, por otro, en un centro de ocio y disfrute de una cierta forma de pasar la vida. Las empresas autóctonas solventes , con las salvedades ya clásicas de Abengoa, Cruzcampo, Casa, Iturri y algunas otras más, son por desgracia muy pocas para taponar esta sangría de emigrantes altamente cualificados. El empobrecimiento que representa para una ciudad como Sevilla esta constante fuga de cerebros es un factor que no aparece cuantificado en los numerosos análisis e informes que nuestras instituciones y centros administrativos publican sobre nuestra realidad socioeconómica. Aun así yo me atrevería a apuntar que la descapitalización humana de la metrópolis hispalense es una de las causas que subyacen en su manifiesta y progresiva falta de competitividad, que ni siquiera los ególatras discursos oficiales de la casta política logra disimular.
Aun así, no deja de sorprender que los sevillanos en la diáspora sigan el discurrir de la vida hispalense a través de la web de abcdesevilla con una mirada crítica por el devenir de una ciudad ensimismada que les obligó a marcharse pero con el deseo, a veces inconfesado, de volver, aunque sea a costa de sacrificar una parte de sus ingresos o de su vida profesional. Sevilla tira mucho. Ya saben, los recuerdos, la familia, los amigos, las procesiones, las tertulias, la primavera y el otoño, la luz, las fiestas… la ciudad. Sería muy deseable que ese tirón de Sevilla pudiera traducirse alguna vez en oportunidades de trabajo y de desarrollo personal para toda esta gente que se tiene que marchar con la ilusión vaga de que un día volveré.
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