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Actualizado Martes, 01-09-09 a las 07:07
Ni en el supermercado, ni en el chiringuito, ni en el kiosco, ni en la churrería, ni en la playa he advertido un «output gap» negativo en este finalizado agosto y mira que me he fijado. «La gente gasta menos y algunos no han venido este verano, pero el negocio no ha ido tan mal y muchos días hemos estado a tope, al cien por cien». No saben cuánto me alegro de que —aunque la utilización de la capacidad productiva existente en Europa y EE.UU. esté en el 70% y en algunos países ya ronde el 50%— en un pequeño enclave (casi en plan aldea de Astérix) de la bahía gaditana se haya mantenido el ritmo productivo. Los economistas inventamos conceptos de Perogrullo y los bautizamos con barbarismos ingleses para ampliar esa jerga con la que intentamos denodadamente que no se nos entienda. Uno de mis preferidos es el «output gap», algo tan simple (?) como la brecha o la diferencia entre el nivel de producción máximo teórico que un país puede alcanzar con los factores disponibles, y el realmente obtenido. Si éste último es menor que la producción potencial, sin duda hay capacidad ociosa y «output gap» negativo, situación semejante a la que —metafóricamente— disfrutan también mis alumnos que pudiendo obtener sobresaliente se conforman con aprobado, claro que en su caso el comportamiento es voluntario y en economía no suele serlo. Será que se «recalientan» cuando estudian por encima de su capacidad «normal», al igual que aparecen tensiones inflacionistas si la producción real sobrepasa sus posibilidades teóricas.
Nos sobran barcos, coches, casas, uvas, aviones, ordenadores, televisiones, tomates, hoteles. Nos sobra «de tó» pero somos pobres, que al fin y al cabo eso es la deflación cuando empieza a dar la cara. De unos elevados niveles de consumo y de inversión, hemos pasado a un fuerte retraimiento que ha dejado sin demanda a los que fabrican automóviles, o yogures, o casas, o diversión, que tanto da. El dinero que el Gobierno de Zapatero ha querido meter en los bolsillos del personal se ha quedado en el calcetín o se ha dedicado a pagar trampas, que no faltan, porque a base de endeudamiento nos habíamos montado la fiesta. Tampoco los empresarios van a invertir con un entorno incierto, con una demanda deprimida y un Gobierno que aprovecha cualquier ocasión para meterse con ellos. Con el euro y nuestra enclenque competitividad, pensar en la demanda exterior cono salvavidas resulta una extravagante fantasía, y esperar un radical ajuste a la baja de precios y salarios es desconocer la rigidez de nuestros mercados. Con este panorama Rodríguez Zapatero aterriza de sus vacaciones veraniegas con el único anuncio de la apertura de un debate sobre energía y otro sobre educación, a buenas horas mangas verdes, nunca es tarde si la dicha es buena y más vale tarde que nunca.
Pero si nuestras descomunales burbujas se alimentaron de crédito barato y expansivo, nuestra deflación y nuestra ociosa capacidad de producción (tecnología, instalaciones y trabajo), o sea nuestro «output gap» negativo, se nutre de restricciones del crédito y de ausencia de financiación para las empresas y para las economías domésticas. De la obesidad crediticia hemos pasado a la anorexia que ha terminado por producir otras enfermedades en órganos vitales de la economía real. De hecho o de derecho, el sistema financiero está nacionalizado, controlado por el Gobierno, y, paradójicamente, sirve poco al interés general. El crédito que absorbía el sector privado se ha traspasado al sector público, que lo utiliza en sus cosas políticas. Zapatero asegura que lo peor ya ha pasado y que la solución es subir los impuestos, mero trasvase de rentas al sector público que no mejorará la utilización de los recursos existentes. Porque si no llega la financiación a las empresas, seguirá sobrando «de tó». Trabajadores incluidos.
Cuenta Azul de iBanesto: 3,60% TAE. Y 4% TAE si vienes de un Banco Online.
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