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Actualizado Jueves, 17-09-09 a las 06:59
Del siglo pasado era la sana costumbre de levantarte de tu asiento cuando en clase entraba el señor profesor. Abría la puerta don Luis (nada de Luis, ni de tío, ni de colega: don Luis) y la clase se ponía en pie, y con una infantil elegancia decía la clase a coro: buenos días, señor profesor. Y don Luis contestaba: buenos días. Hoy, en el siglo XXI, los hijos de la sociedad del bienestar, cuando don Luis entra en la clase no resulta nada improbable que le tiren una silla, lo manden al carajo y en vez de darle los buenos días le den una colleja y lo citen después de clase en la puerta del colegio. Para darle fuerte, flojo y regular. Entre el abrumador número de bajas de profesores que registra nuestra educación, muchas están justificadas por estados depresivos casi crónicos. No es nada recomendable un trabajo donde entras dando los buenos días y una pandilla de matones, vagos, ociosos y maleantes te respondan llamándote joputa…
El problema que les narro no es puntual. Si lo fuera no habría entre el profesorado la cantidad de bajas que existen y en la sociedad la cantidad de niñatos que la rebajan a suciedad. A suciedad moral y educativa. Los hijos del bienestar nos han salido pendones. En el norte suelen integrar las bandas del kalimocho borrokero. En el resto de España se han convertido en golfos, pillastres, pandilleros y flojos terminales donde no cabe esperanza (ni de Triana ni de la Macarena) alguna de recuperación. Una tercera Esperanza (Aguirre) ha entendido que la cosa puede enderezarse, que el árbol de la educación no tiene razón alguna para crecer tan torcido como algunas de las intenciones de estos alumnos. Y acaba de anunciar en la Asamblea de Madrid la futura ley de Autoridad del Profesor.
Para muchos profesores con depresión crónica y estrés postbélico la propuesta llega demasiado tarde. Han caído en manos de los antidepresivos y de los ansiolíticos y viven, permanentemente, bajo la sombra fantasma del miedo. Los matones de escuelas lo desconectaron para siempre del enchufe de la normalidad. Y muchos de esas bajas del sistema escolar no tienen fuerzas ni para enfrentarse a pasar por las puertas de un colegio. Cuando lo intentan se desmoronan. Son incapaces de autocontrolarse. Y reviven con una impecable memoria fotográfica una y cada una de las vejaciones y humillaciones a las que fueron sometidos antes de perder el control de sus nervios. Pero la propuesta de Aguirre llega ahora y ahora es cuando hay que saludarla, vitorearla y darle la vuelta al ruedo. Llega ahora para salvar a los profesores que aún pueden salvarse de la comunidad madrileña. Y para que no estén desprotegidos ante esa marea de niñatos que van al colegio porque los obliga la ley. No porque quieran estudiar y deban estudiar para perder su alma de asno y sus modales de maleantes. Sino porque siempre supusimos que era sanísima una educación obligatoria. Aún lo sigo pensando. Pero se nos olvidó que esa educación obligatoria también lo era en casa de cada alumno.
La ley de Aguirre contra la cólera de los alumnos matones, desinteresados, vagos y a los que se la pelan los objetivos académicos viene a darle al profesor lo que durante las últimas décadas ha venido reclamando sin que nadie los escuchara: devolver la autoridad a las aulas para que los más ceporros y torcidos entiendan que el mando existe, que la disciplina es buena y que el esfuerzo personal es el mejor camino para alcanzar el éxito en la vida. Siempre y cuando se entienda que el éxito no se llama ni Belén Esteban ni Dinio confundido por la noche de su molicie. Me alegro por el profesorado, por los alumnos y por la comunidad de Madrid. Ojalá por aquí se tuviera la misma iniciativa. Para que don Luis entre en clase y no vuelen las sillas y, en pie, se le den los buenos días a la máxima autoridad de la clase. El profesor, claro.
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