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Actualizado Jueves, 01-10-09 a las 06:57
En el dorado siglo XVI, cuando era la Reina del Grande Océano, cuando su puerto era puerta de Indias, cuando el monopolio del comercio con América tenía que pasar el fielato de la Casa de la Contratación, la muy universal ciudad de Sevilla no contaba con un muelle en condiciones ni con un puente de piedra que la uniera con el arrabal y guarda de Triana. Eso sí: no faltó a lo largo de ese siglo ni del siguiente, sumido ya en la crisis económica del Barroco, la correspondiente financiación estatal que servía para darle lustre a la fiesta mayor de entonces, que era el Corpus Christi.
¿Cómo fue posible que aquella ciudad volcada sobre el río no tuviera un puerto como tal ni un mísero puente de piedra? Tal vez lo explique el carácter del sevillano, que vive para el esplendor efímero de la fiesta mientras olvida el estado ruinoso de los cimientos donde asienta la economía. El Ayuntamiento de Sevilla no está sumido en una simple y pasajera crisis. Gracias a la gestión del alcalde Monteseirín ha llegado a la altura de la imperial Itálica que fundara Escipión el Africano. El Ayuntamiento está en ruina total.
¿A quién le interesa esto? A casi nadie. Mientras haya zanjas abiertas para que los sevillanos, tan morbosos y curiosos como siempre, se asomen a los límites del horror, la economía puede esperar. Si a pesar de eso se empeñara alguien en seguir el rastro del dinero que se ha tirado en Tussam, en Mercasevilla, en las subvenciones a las asociaciones afines o en la mismísima Emasesa, otrora joya de la corona municipal y hoy hundida en sus propias aguas, entonces se saca un señuelo para que el personal piense en algo verdaderamente importante. Un poner: la ampliación de la carrera oficial y el recorte del número de sillas.
Da igual que Monteseirín quiera empeñar el dinero de las inversiones futuras para pagar las nóminas de tanto enchufado a la red eléctrica del poder. Da igual que los Presupuestos Generales del Estado pasen olímpicamente de Sevilla ante el silencio de la sociedad civil. Da igual que suban el agua y el bonobús por culpa de la nefasta gestión de los hombres de Fredi. El sevillano se encoge de hombros y se aferra al abono de la carrera oficial. Que nadie le toque el lugar donde se le rinde pleitesía a Eneas o a Quidiello. Si el Titanic se hunde, al menos que nos coja sentados en la cubierta para no perdernos el espectáculo.
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