Actualizado Martes, 06-10-09 a las 07:04
Soy muy barroco, antiguo y rancio». El amigo Luis Rizo Haro, cartelista de la próxima Semana Santa, se autorretrató en este periódico al estilo clásico: con tres adjetivos ordenados de menor a mayor. Se empieza siendo barroco, se continúa por la senda de la antigüedad y se termina en la apoteosis de lo rancio. Este tránsito no es patrimonio de los capillitas. Ni mucho menos. En esta Sevilla sin desigualdades, en esta ciudad de las personas se pueden superar esos tres estados de la materia inmaterial -¿hay mayor paradoja que ésa?- desde todas las perspectivas sociales y políticas.
Un ejemplo claro de lo que se afirma en el párrafo anterior, dedicado a la tesis del artículo, lo tenemos en don Antonio Rodrigo Torrijos. El camarada Torrijos es tan barroco que parece la reencarnación de Góngora. Cuando toma la palabra en los plenos del Ayuntamiento, vulgo Granja de San Francisco, no habla. Eso es muy vulgar. Hace, como él bien se encarga de señalar, una «exposición ideológica de motivos». Y crea algunos sintagmas que aún están dando vueltas en la mente de un servidor —no confundir con el servidor de Mercasevilla— y que no conseguimos desenredar del todo: «emblematizando la centralidad». ¿Qué es emblematizar la centralidad?
Además de barroco el camarada Torrijos es antiguo. Apuesta por transportes del siglo XIX como el metro, pero ahí se acaba su modernidad. Lo suyo es la bicicleta, ese artilugio locomotor que no necesita los avances que aparecieron con la Revolución Industrial. Pero aquí no acaba su regresión hacia el pasado, porque Torrijos ha descubierto que el medio de transporte más apropiado para el ser humano es el desplazamiento peatonal individualizado.
Siendo barroco y antiguo no tenía más remedio que rematar en rancio. Ríanse por lo bajini, al sevillano modo, de los rancios que llevan blazier azul marino y pantalón gris marengo. Aquí el rancio de verdad es el prócer del comunismo hispalense con su bolsito de género, antes mariconera, y con la sahariana sin polisarios. El rancio Torrijos permanece fiel a las esencias de una ideología decimonónica. Por eso está obsesionado con el franquismo. Necesita el blanco y negro del Nodo. Es una pena que su barroquismo verbal se haya apagado desde hace un tiempo. Desde que estalló el escándalo de Mercasevilla se ha quedado mudo. Ni siquiera está emblematizando la centralidad. Por algo será…

