Actualizado Viernes, 16-10-09 a las 07:09
Empeñado en reinventar al buen ciudadano, el primer teniente de alcalde del Ayuntamiento hispalense en representación de Izquierda Unida y sus poco más de veinticinco mil votos, Antonio Rodrigo Torrijos, se acerca a la cima de su escalada totalitaria con sus expediciones nocturnas a Madrid pastoreando a una grey de bolivianos indocumentados cuya única credencial es votar a Evo Morales. Los delirios de grandeza de este revolucionario de pacotilla empiezan a ser preocupantes desde una óptica meramente racional. ¿Cuándo rompió el señor Torrijos su nexo con la realidad? ¿Habría que recordarle que está en un país democrático donde existen garantías legales en la defensa y protección de los derechos fundamentales frente a los abusos del poder político? Sí, es preciso refrescar su memoria, tal vez anclada en un sistema de ideas ampliamente periclitado.
La nómina de asuntos pestilentes que persiguen al ex sindicalista parece extraída de una novela negra situada en un archipiélago gulag: Mercasevilla, donde tiene un pie en el Juzgado como imputado; contrataciones favoritistas a porfía entre militantes afines que han encontrado así lo que la economía libre les negaba; viajes para brigadistas cooperantes de movimientos comunistas iberoamericanos con ramificaciones en la guerrilla; afrentas reiteradas, premeditadas y rencorosas al comercio sevillano, que se ve abocado a la ruina por la terquedad del edil en cortar expeditivamente el tráfico en el centro; un carril para ciclistas que ha sembrado la «piel sensible» de la ciudad de heridas por las que supura su decadencia; iluminación navideña —él diría que para realzar el solsticio de invierno— agresivamente discriminatoria para esos mismos titulares de los negocios ubicados en distritos electorales poco amigos de votar comunista; exclusión sectaria de un acto en homenaje a uno de los escritores más preclaros del siglo XX español; y ahora esta patética maniobra de transporte para apalancar el indigenismo neomarxista de Evo Morales y por ende el frente bolivariano del vecino caudillo.
Obstinado en ir de «rojo adolescente» por la vida municipal, el veterano agitador rinde su mediocre servicio a la causa de los pueblos oprimidos por el capitalismo, según el rancio y gastado discurso que arrastra como el hatillo de un indigente ideológico. Su osada estrategia, costeada con fondos públicos de todos los sevillanos, le está condenando al lugar que merece: el banquillo de la Historia, en cuya memoria figurará como el más triste obstáculo estalinista del desarrollo democrático en la ciudad de Sevilla.

