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Actualizado Miércoles , 04-11-09 a las 07 : 00
Anda el hombre del surco a los olivos, con la mirada derramada en el poniente, en su diaria vida por el campo. No cree en nada, pero sabe que allá arriba hay Alguien que si a veces, como ahora, parece sordo a sus súplicas, otras veces le contestó con chaparrones, con soles que vinieron a completar espigar o a reventar en flores la arboleda. No va a la iglesia ni ha ensayado jamás un santiguo, ni acompañó una cruz o alguna imagen; ni reza ni se raspa la lengua con blasfemias, pero él sabe que allá arriba —¿dónde?— hay algo, algo, Alguien a quien él, sin decírselo, le ofrece cuanto cosecha y cuanto sufre. Le asiste el silencio del que ha ido forjándole la vida, de la tierra que ha ido ajustándose a la piel como otra tierra, humana tierra, del viento del que aprendió a respirar, y sabe que mira con los ojos que le presta la luz.
Anda el hombre del surco a los olivos. Un cachito tierra, un rincón de herencia que mima como al hijo que no tiene. Y se va todas las mañanas por el camino bajo de la vía, paso sobre paso, con su humilde hatillo de labriego minifundista, a ver cómo están sus olivos, a ver cómo está la tierra, que ya no sabe lo que hacer con ella, que ya no sabe qué semental de granero echarle para que en primavera vea la frente provechosa de sus hijos, que como a hijos trata cuanto le nace. Y el hombre va, desesperado, silencioso, mirando cómo la mañana naciente le deja atrás la sombra, y vuelve cuando el sol rompe en cobre el horizonte, viendo cómo su sombra se alarga por el camino que sube como una cuesta interminable, más por el tiempo que por su dificultad. Cuando sale, si acaso sorbe más por inercia que por celebración, el vino que enturbia los cristales, junto a cuatro aceitunas que hubo que sacrificar antes que llegaran los fríos o los estorninos. Y ni se queja ni habla, sólo, cuando en el televisor sale el mapa de España y ve que en el sur sólo pintan soles, quisiera bajar la cortina de lluvias que se recoge en el norte y traerla hasta esta tierra sedienta. Entonces sí habla, la misma frase siempre, tres palabras y unos puntos suspensivos que dicen más que las palabras: «Este joío tiempo…» Y se va a su casa. Al día siguiente, vuelta a la tierra, a los olivos. Y otra vez la espera desesperada, y otra vez la duda. Y cuasi sin que él mismo se oiga, mira al cielo y dice: «Estás tardando mucho…» No sabe, aunque no crea, cómo hablarle a Dios…
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