
Domingo
, 22-11-09
Vuelan sombreros, chaquetas y faldas de colores. Cierre del último ensayo antes de iniciar la gira de «La casa de Bernarda Alba» versión Vacie, como la bautizó su directora Pepa Gamboa. Preparaban las representaciones que ofrecerán hasta el 5 de diciembre. Luego, a Valladolid, Madrid y Elche, «sitios que no conocemos». Jerónimo Obrador, ayudante de dirección, reúne a las ocho gitanas acompañadas por la paya Marga Reyes, actriz de Atalaya. Ellas, dispersas pero coquetas, buscan de nuevo el vestuario. Una fiesta. Y a posar para el fotógrafo. Ya están acostumbradas. Antes del estreno, el pasado día 8, los medios se volcaron con ellas. Antes eran «chatarreras». Ahora, son «famosas»: «Ni nos miraban y ahora nos llaman actrices. Mi marido y mis hijos están contentos. Vinieron a verme actuar y se echaron a llorar», explica Rocío Montero Maya, la Bernarda. Cansada por la intensidad de los ensayos, se sienta muy derecha como la severa viuda a quien interpreta. No había escuchado hablar del autor granadino en su vida pero ahora conoce uno de sus clásicos: «La historia que cuenta me parece muy mal porque eso pasaba hace mil años. Para las gitanas, si se muere el marido o el padre, son seis meses o un año de luto, pero no "encerrá"». Nunca había ido al teatro: «No sabía lo que era». Ahora, ya ha visto tres obras. «Vamos, que estoy saliendo y antes estaba siempre encerrada en la chabola». Con esa sensación de cautiverio se identifica la joven Loli del Campo, Martirio, una de las hijas de Bernarda. A pesar de su juventud, ya cría tres hijos: «Mi personaje es la «amargá» de la casa pero yo no soy así». Analfabeta, recuerda un truco para memorizar el texto que Gamboa les enseñó, «nos pasábamos la pelota mientras decíamos las palabras que nos tocaran. Aún así teníamos que repetirlo en todos lados». Como madre y mujer de su casa, incorporarse a la obra le exigía adaptar sus horarios: «Entrábamos a las 4 al ensayo pero los niños salen a las 3 del colegio así que imagínate. Cuando salimos, corriendo también porque hay que bañarlos y darles la cena. Pero merece la pena porque estábamos encerradas en el Vacie como las hijas de Bernarda; sólo salíamos a comprar comida. Ahora paso más tiempo fuera y me ocupo más de mí». Su compañera y vecina, Carina Ramírez Romero, describe a Amelia: «Es muy triste, siempre cuidando de sus hermanas. Yo conozco esa tristeza, aunque sea por razones diferentes». El proyecto le ha cambiado la vida: «Antes echábamos currículos y hacía dos años que no contestaban. Al fin nos llaman. Lo que no se puede es pensar que todos los del Vacie somos iguales porque si él roba, yo no tengo por qué robar. Yo prefiero pedir leche en una casa. Igual que yo, también hay gente con buen corazón. Pero pagamos por el que sí lo hace. El problema son los prejuicios. Esto del teatro le ha cambiado la fama al Vacie. El año pasado mala. Éste, buena. Y yo muy contenta, cada vez más. Pero somos los mismos. Y no somos un experimento». Este fin de semana empezaron las funciones.

