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Miércoles
, 02-12-09 a las 07
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En un pueblo andaluz de cuyo nombre no me acuerdo ahora, una tarde de corrida de toros por las fiestas patronales, alguien tuvo una idea pícara que le dio muy buenos resultados. En la localidad en cuestión había una banda de música que vestía, en verano, pantalón azul, camisa blanca y gorra de plato. Entraba la gente a la plaza y, entre la gente, de vez en cuando un músico, que pasaba sin entrada y sin que nadie le preguntara nada, porque los instrumentos estaban en el palco dedicado a la música. Listos que fueron unos amigos, se vistieron con pantalón azul y camisa blanca y uno de los músicos que ya había entrado, tiraba la gorra desde el borde de la plaza a los amigos que, en grupo, esperaban la prenda de cabeza. Creo que un portero dijo: «O en la banda han entrado más músicos y yo no lo sabía, o yo me estoy volviendo loco, porque, por encima, he contado ya cien tíos vestidos de músico».
Pues como el truco de la gorra de plato, la bicicleta en Sevilla da para eso y para más, da para que cualquiera se cuele por donde le da la real gana con sólo llevar una bicicleta. Así que la cacareada ciudad de las personas es en verdad la ciudad de los ciclistas. Sagrados como lince en Doñana, para cien ciclistas como Dios manda, hay un porcentaje de jetas que hacen de la ciudad su patio. Y no les tosa, no se le ocurra decirles ni pío porque le señalan el carril bici, la prioridad de las dos ruedas sin motor y el sermón de la montaña. ¿Carril compartido? Sí, compartido por los ciclistas, que como usted se descuide al cruzar un carril bici empieza a oler a traumatología que es una cosa mala. Mucho menos riesgo tiene cruzar un paso de peatones sin semáforos en una avenida. El ciclista se ha creído —le han dado poderes, es cierto— el rey de la ciudad, y los hay que se agarran al manillar con la misma picardía y el mismo resultado que los de la gorra de plato de la plaza de toros. Todo el monte es orégano para la bicicleta: si por el carril bici, todo para mis dos ruedas; si tengo que cruzar una avenida, me espero con los viandantes, sin soltar la bici, y en cuanto el muñeco se pone verdolaga, los hay que se montan y cruzan entre las personas, con el riesgo de darles un rozonazo. Bueno, y si te rozo, ¿qué pasa? Sube usted a una bicicleta, o la lleva cogida, y se tiene que apartar el mismísimo San Fernando que bajara del caballo. ¿Carril bici? Eso es el chollo bici.

