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Miércoles , 03-02-10
Querido concejal de Tráfico. Hasta ahora he guardado silencio porque una es muy prudente, pero la paciencia tiene un límite, incluso para una pilona dócil como yo.
No me fabricaron para ser un convidado de piedra, sino para pasarme el día subiendo y bajando, como apuntó con su natural desparpajo tu jefe, Andrés Ocaña, auténtico dardo en la palabra. Usted, señor Cuadra, lo sabe mejor que nadie. No hay más que darse una vuelta por el Centro de la ciudad para comprobar la querencia que tiene por los hitos hidráulicos. A servidora se le caen los tornillos de puro placer.
A golpe de restricciones improvisadas han convertido a la capital de la tolerancia en una alianza de civilizaciones neumáticas. Ni que decir tiene que suscribo su política de tolerancia cero al coche. Soy la primera en tocarles las palmas cuando se sacan de la chistera otro bolardo para cortar el paso a los sufridos conductores, que da penita verlos perderse por esos callejones estrechos del Casco, volantazo va, topetazo viene.
Que los comerciantes se quejan de que faltan aparcamientos para sus clientes, pues les montan un prusiano cordón sanitario antihumos y tan contentos. Qué diablos, el poder, en el fondo, se reduce a eso: a quitar y poner. Lo de menos es que se condene a un puñado de negocios tradicionales a una guerra perdida de antemano ante las grandes superficies. ¿Cómo van a competir con los privilegiados accesos al cinturón viario y con su océano de estacionamientos cómodos y gratuitos? Ante cualquier explosión de cabreo vecinal por una peatonalización en ciernes, no se lo ha pensado dos veces: pilona y se acabó.
Mas con el «mihura» de Cruz Conde ha pinchado en hueso. Sin tener claro sobre el plano cuál iba a ser mi función, le faltó tiempo para introducirme en una zanja aprovechando el dinero público del fondillo «anticrisis», que, como no es de nadie, se gasta sin pensar. Me río yo de los repentinos fogonazos de auteridad que ahora le han entrado a Ocaña. En cuestión de meses he pasado de la gloria a la nada, enclaustrado en este agujero negro donde el gobierno ha enterrado también su crédito. Es lo que ocurre por extrapolar chapuzas de urgencia mal estudiadas y peor resueltas: que uno empieza sorteando baches y acaba metido en charcos mayores. Si lo sabré yo.
Cuestionada un día sí y otro también, me he convertido en un trasto prematuramente averiado, la triste metáfora de una ciudad oxidada por todos sus poros. Raro será que no me dediquen una canción las chirigotas del Carnaval. Como pilona tal vez no tenga futuro, pero como vodevil no tengo precio.
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