Publicado
Domingo
, 28-02-10 a las 07
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Se podría haber hecho mejor? Es la pregunta que flota en el ambiente después de las riadas de los últimos días, y los numerosos daños causados a poblaciones, infraestructuras de riego y explotaciones agrícolas ribereñas. Y la respuesta es que sí.
En primer lugar, podía haberse mucho mejor desde hace años, si las administraciones no se hubieran agarrado a ese discurso demagógico de la nueva Cultura del Agua, que ha querido demonizar los embalses, ignorando no sólo su importancia para el abastecimiento de agua para consumo humano y para las actividades económicas, sino también su misión fundamental de laminar las avenidas. Andalucía no cuenta hoy con infraestructuras hidráulicas suficientes para evitar ni las sequías ni las inundaciones.
Sólo en la Cuenca del Guadalquivir, desde el 20 de diciembre hasta hoy, más de 7.500 hectómetros cúbicos se han vertido al mar. En ese mismo tiempo, nuestros embalses han sido capaces de almacenar 3.600. Lo que quiere decir, que, de cada tres gotas de agua, una se ha embalsado y dos no. Ahora, que bajen de sus ampulosas tribunas esos adalides de la Nueva Cultura y traten de explicar a todos los que se han quedado sin casa o sin cosecha que es mejor no hacer nuevos embalses. Si no hubiera sido por los embalses supuestamente insostenibles acometidos antes de que estos vividores nos deslumbraran con sus insustanciales consignas, la riada habría sido el doble de lo que ha sido y hoy estaríamos hablando de pérdidas humanas.
Esperemos que la administración autonómica aprenda y agote al máximo las posibilidades de nuevos embalses y microembalses que hoy están planteados para aumentar la capacidad de regulación de las cuencas andaluzas. Algunos de estos microembalses no se construyen por falta de autorización oficial. Esperamos que en la próxima riada no tengamos que recordárselo a nadie.
En segundo lugar, se podría haber hecho mucho mejor si las administraciones se hubieran coordinado de forma adecuada durante estas últimas semanas y sobre todo, si al frente de las cuencas andaluzas hubiéramos tenido a personas más capaces. Apenas un año después del último traspaso de una cuenca andaluza a la administración andaluza, ya podemos aseverar con rotundidad que esa transferencia le ha hecho mal a la gestión hidráulica en Andalucía. La evidencia nos dice que hemos perdido ingenieros y hemos ganado cargos políticos.
La consecuencia de esta pérdida de experiencia y conocimientos técnicos, en beneficio de la política, es que muchas obras comprometidas e incluso en marcha se han quedado paralizadas por falta de capacidad de gestión. Obras de protección de avenidas como la del Azud del Portal, para la defensa del Guadalete, lleva desde el 2006 paralizada por la Agencia Andaluza del Agua, en consecuencia, hoy los daños de las inundaciones en Jerez son mucho mayores. Y obras, como la Defensa de Andujar que desde enero de 2009 ha estado prácticamente parada, hubiera permitido evitar muchos daños.
Unos gestores más competentes y menos hipotecados políticamente no hubieran permitido una cosa así. Como tampoco hubieran permitido que el embalse de Melonares se llenara y vertiera agua en cuatro días, incumpliendo su propia programación (que exige un llenado mucho más lento) y poniendo en peligro a las poblaciones ribereñas aguas abajo del embalse. Ninguna de las dos administraciones ha estado, en este caso, a la altura de las circunstancias. Ni la administración estatal que desembalsó agua del Pintado sin darle a Melonares otra posibilidad que rebosar. Ni la administración regional que de forma insensata llenó lo que no debía cuando no debía.
Es indudable que las lluvias han sido históricas y que no se recuerdan así desde el año 96 —entonces el caudal de agua en Alcalá del Río, último punto de control en el Guadalquivir, fue incluso superior— y más remotamente desde el 63. Pero no es menos cierto que entre el 21 de enero y el 15 de febrero por Alcalá del Río han pasado caudales fluyentes inferiores a 400 m3/segundo, mientras que a principios de enero y a finales de febrero han superado los 2.000 m3/segundo, hasta rondar los 3.000 de máximo. Quiere esto decir que si hubiera habido una adecuada planificación de desembalses, atendiendo a la previsión de precipitaciones, a la programación de mareas y a la propia seguridad de las presas, durante el período central de más de 25 días en que las precipitaciones han sido menores, y con el nivel de la Cuenca ya por encima del 75%, se podría haber desembalsado agua. Y no, que ha coincidido el período de lluvias más intenso con los desembalses masivos cuando ya la capacidad de laminación estaba agotada.
Entonces, ¿podía haberse hecho mejor? El bautizo —bautizo de agua, nunca mejor dicho— de la Agencia Andaluza del Agua en la gestión de una crisis no ha podido ser más desafortunado, pero tampoco la administración central le ha ayudado. Y sobre todo, hemos echado en falta que ni siquiera se han sentado en una misma mesa para coordinar y ver qué hacer. Con una gestión más profesionalizada, con respeto a la unidad de gestión de cuenca, con participación de los usuarios, se podía haber hecho mejor estos días pasados. Y se podía haber estado haciendo mucho mejor desde hace años, y especialmente desde que las cuencas andaluzas fueron transferidas de una administración a otra, sumiendo la gestión del agua en Andalucía en un caos de inexperiencia, parálisis administrativa e inversora, y una falta de leal colaboración entre administraciones (¡menos mal que del mismo signo político!).
Gobernantes y representantes políticos deberían reflexionar un poco, hacer un ejercicio de autocrítica, y dejar en manos de ingenieros y de técnicos expertos lo que mejor pueden hacer ellos. Y ya de paso, deberían ponerse de acuerdo y aprovechar la Ley de Aguas, ahora en trámite parlamentario, para planificar nuevas infraestructuras que prevengan los efectos de sequías e inundaciones. Para que no tengamos que mirar al cielo en actitud suplicante.

