Actualizado
Jueves
, 04-03-10 a las 06
:
51
El anuncio de que Alfredo Sánchez Monteseirín no será candidato por el PSOE a las próximas elecciones municipales, noticia adelantada en su día por ABC aunque él quiso desacreditarla, ya está dando lugar a interpretaciones interesadas por parte del regidor descartado, cuya gestión ha sido una escalada de torpe sectarismo. En cuanto se vio libre de otros compromisos, el todavía alcalde de Sevilla se entregó al aventurerismo de su socio comunista y constituyó un «gobierno de progreso» que sólo ha conseguido una cosa: enfrentar a dos mitades de la ciudad torpedeando a una para rentabilizar a la otra. Ha dirigido la política municipal basándose exclusivamente en el mapa electoral de cada distrito.
Esta batalla sorda pero dura ha ido in crescendo, hasta llegar al clamor que le ha apeado de las próximas listas. A Monteseirín le echa su pésima trayectoria como alcalde; en modo alguno se va porque le apetece. Vuelve a su profesión o a un puesto público de menor cuantía porque ha sido el peor alcalde de la democracia, aunque los pactos —que siempre tienen un coste manifiesto y otro entre bastidores— le hayan apuntalado más tiempo que a los demás. Deja un rastro que un político responsable no debería eludir. Acaba de sentenciarse en firme una condena a la que no puede sustraerse por facturas falsas. Y hay otras corruptelas en proceso judicial, como Mercasevilla. Abandona la faraónica obra de la Encarnación a medio acabar y sin fondos suficientes para su pago. Ha trazado un tranvía que hasta hoy sólo ha servido para trastornar la vida de la ciudad y que dejará otro número rojo en las cuentas. Ha tirado el Equipo Quirúrgico, que hoy es un solar. Ha dado sentido único parcial a la Ronda Histórica contra el parecer de casi todo el mundo. Ha peatonalizado Asunción y San Jacinto sin el menor consenso. Ha complicado bárbaramente la circulación —rodada y peatonal— con un dédalo caótico de carriles bici. Y ahora, meses antes de irse, cierra el centro al poco tráfico que aún podía acceder a él. Hay más, desde luego, pero sirva esta panoplia de insensateces para saludar con alivio la buena nueva de su prejubilación como alcalde pesadilla que durante un decenio largo equivocó todos los caminos que conducen a una ciudad de las personas.

