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Miércoles
, 10-03-10 a las 07
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Después de la lluvia quedan los charcos, esos espejos donde ayer se reflejaba una ciudad iluminada por el penúltimo sol del invierno. Fachadas de albero y almagra, de cal sucinta y forja negra se contemplaban en el azogue del agua caída como si el narcisismo fuera la seña de identidad que nos define. Habría que cambiarle la letra a la soleá de Manuel Machado: «Pero yo te quiero ver / hasta en los charcos del suelo: / caprichos tiene el querer». No hacía falta que la temperatura ayudase con el presagio tibio de la primavera. Daba igual que el aire cortara en las esquinas. Era la luz. Renacida tras tantos días de grisura. Devuelta a la vida después de haber permanecido en los abismos donde se mantuvo sepultada durante demasiado tiempo.
Esa luz que llaga las espadañas y afila las pupilas, esa misma luz que irisa los hilos del agua de la fuente donde se le rinde culto pagano a la diosa Híspalis, debería ser el remedio de los males que aquejan a Sevilla. «¡Luz, más luz», gritaba Goethe cuando se vio venir la sombra de la muerte. Luz, más luz es lo que hace falta en esta ciudad donde las sombras le han ganado la partida a la honradez, donde lo gordo se gesta en la penumbra de los reservados de los restaurantes.
Unos cuantos pícaros con pinta de dandis pintan al fresco, que es su especialidad personal y marisquera, las postrimerías de Sevilla. Pinceladas a cuenta del contribuyente. Presiones a empresarios. Corrupción extendida como una mancha de aceite sobre el papel de estraza de esta ciudad que todo lo absorbe.
La luz de marzo, fina y fría, ha generado páginas sublimes de los poetas del grupo Mediodía. Pero la otra luz, la que disuelve esa oscuridad de la corrupción, no cuenta con tantos devotos como debiere. Sevilla ha entrado en una peligrosa vorágine de sombras. La gente se ha acostumbrado a hablar en voz baja y siempre en privado. Un negocio se resuelve por el clásico método: a la remanguillé y poniendo por delante el parné. Dinero silencioso y de ruán. Frente a esa adicción por la opacidad, la luz que arroja a los mangantes de los bohíos donde perpetran sus fechorías. Ya vendrá la otra luz, la que nos herirá por dentro cuando empiece a tostar suavemente la piel de esos cuerpos femeninos —uno tiene esas limitaciones y no toca todos los palos— que apenas nos rozarán cuando lleguen los días tan temidos como deseados.


