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J. Antonio Suárez Fernández: Tuvo y tiene buenos amigos en EE.UU. En la Feria del Prado, en la caseta de los americanos, vivió una tarde inolvidable: aquella en la que dos policías militares alertaron al coronel William de que tenía que ir a bombardear Vietnam.
Orquestas de negros
KAKO RANGEL
Publicado Jueves , 22-04-10 a las 07 : 37
A la luz local, tan fuerte, tan intensa, tan pinturera, le hacía un amago de sombra la luz de América, tan nueva, tan sorprendente, tan moderna. En aquella Feria del Prado de San Sebastián la caseta de los americanos era un punto. Tan distinto y diferente como ellos. Tan ajeno y exótico como los americanos de Morón. Mascaban chicle, usaban vaqueros auténticos y fumaban Chester. Entrar en la caseta de los americanos era como salir de Sevilla y ver cómo vivían y disfrutaban los amos del mundo. Era otro mundo. Y se recogía en aquella caseta con máquinas tragaperras, hamburguesas de dos pisos y orquestas de negros que alternaban con la de blancos y venían, diariamente, desde Berlín para tocar por Renato Carosone y Paul Anka. Bulerías y sevillanas ni una.
José Antonio Suárez era delegado en Morón de unos laboratorios de veterinaria. Y conocía a los altos mandos de la base. Recuerda cómo compartía con ellos y con amigos comunes sevillanos. Una tarde de abril, en pleno fragor de la guerra de Vietnam, disfrutaban con el coronel William de una sobremesa en la caseta de los sobrinos del Tío Sam. Reían y bebía champán. En algún momento irrumpieron dos policías militares en tan placentera tertulia, dos negros como dos torres gemelas en pie. Dieron sendos taconazos ante el coronel a la vez que se cuadraban rebosándole marcialidad por los cascos. Hablaron con William y el coronel se levantó: «Disculpen, tengo que ir a bombardear un objetivo en Vietnam. El fin de semana nos veremos nuevamente en Sevilla…»
Los americanos de las bases andaluzas tintaron con sus modas y modos muchas de las costumbres locales. Tanto que acceder a una de las subastas cuando algunos de ellos se marchaban de Sevilla era todo un lujo. Vilches, un amigo de Suárez, tuvo esa oportunidad. Y se hizo con un cadillac azul y crema de asientos de cuero blanco. Y se encajó en plena Feria con aquel modelo que en EE.UU. llevaba incorporado un tupé a lo Elvis en sus propietarios. Aquí no. Aquí, recuerda Suárez, que él y Vilches entraron en la Feria como si fueran artistas de Hollywood y con muchos aspirantes a dejarse ver en un carro tirado por tantos caballos de potencia. América era el sueño. Pero Sevilla no sabía que el del Prado tenía las horas contadas y que en el horizonte se alzaban Los Remedios para preñar otra Feria, la misma, pero hecha por una Sevilla cambiante.
Suárez tiene algo con América. Es como si la llevase en el corazón a modo de bolero. Ya en Los Remedios, en la caseta de México, levantada tras la normalización de las relaciones entre España y el estado azteca, con Televisa en directo y coches de gran cilindrada de la época en la puerta, accedió a la misma gracias a un pase de color verde. Iba con un amigo. Los dos muy bien «trajeaos» y «maqueaos» pero con los recuerdos de Marilin como únicas perras. El bar de la caseta mexicana tenía un escaparate como el de la Isla. Pero a lo bestia. Como si fuera el fondo de cristal de un barco de investigación marina. Qué marchenada de mariscos y frutos del mar. Pidieron dos cervezas y unas aceitunitas. El camarero miraba y se reía. Miraba y se reía nuevamente. Y los dos colegas cada vez más mosqueteros. Hasta que se resolvió el chiste. La tarjeta verde era un pase de prensa y conllevaba gratis todo tipo de consumición.
Al día siguiente conquistaron México sin necesidad de Cortés. Fueron amigos y familias y dicen que un hijo de Jose Antonio, chinorri de muy pocos años, ya empezó en México su carrera de gañotazos. Genio y figura hasta en la pintura.
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