Ocurrió cuando la Virgen enfilaba Fray Ceferino González. Un hombre de avanzada edad se saltaba el control de guardaespaldas que rodeaban al alcalde y, al situarse ante el regidor hispalense, le cogió la mano y le plantó un beso. A continuación, levanta la cabeza y le dice: «muchas gracias por todo».
Monteseirín, al que la boca se le había desplazado algunos centímetros por el asombro, muy emocionado, se volvió a su compañera de gabinete y, extendiéndole la mano le soltó orgulloso: «¡Me han besado la mano! ¡Me han besado la mano! He pasado a la santidad».
El anciano, que al dar el beso a lo mejor estaría buscando el anillo del pescador, sólo encontró una reverencia por parte del alcalde y unas ligeras lágrimas en los ojos de un hombre que se despedía de la procesión de la Virgen de los Reyes y que durante todo el camino recibía miradas desaprobatorias por parte de muchos ciudadanos que esperaban en las primeras filas el paso del cortejo.
Entre esas miradas, se podían encontrar también comentarios «por lo bajini» como un «anda hijo, que has puesto Sevilla patas arriba» o «eso, eso, aquí figuroneando cuando debíais estar todos fuera». No ocurrió, eso sí, ningún enfrentamiento con el alcalde como el del pasado Corpus en el que alguien le gritó «¡Ya te queda menos, sinvergüerza!», a lo que él contestó que «afortunadamente» llevaba once años —por entonces— en el cargo.
Otros, con indiferencia, a su paso comentaban...
—Ése es el alcalde, niña, ¿cómo se llamaba que no me acuerdo?
—¡«Monteserrín», chiquilla, que sale «tó» los días en el periódico!
Fue, para Sánchez Monteseirín, una mañana tranquila, apenas con improperios, por la solemnidad de la procesión y el saber estar de los ciudadanos, aunque sí hubo quien le reprochaba el porqué de la inexistencia de vallas. Y es que en eso estaba el debate, en si vallas sí o vallas no y en que «hay que vé que la Virgen lleva el manto arrugao». De hecho, con una mujer que acompañaba a otra señora en silla de ruedas, en la Avenida de la Constitución, el alcalde tuvo una curiosa conversación desde lejos:
—¿Y las vallas? —le dice la señora—.
—La crisis, hija la crisis... —responde el regidor—.
—¿Crisis? Será para mí porque para ti no hay crisis...
Entre las mujeres, el debate también era otro...
—Oye, ¿has visto el vestido que lleva esa? —por la vicepresidenta de la Diputación, María José Cervantes, que iba entre el alcalde y Zoido—.¿No es muy ceñido para venir a ver a la Virgen?
También hubo, además del hombre que le besó la mano, quien le gritó a la altura de la Plaza del Triunfo: «suerte para siempre y para el de mañana —por el candidato Juan Espadas—, que también es el mío».
El desplante llegó a la altura de Correos. Un matrimonio que estaba en primera fila, en la esquina del Archivo de Indias con la Avenida de la Constitución, al llegar el alcalde se dieron la vuelta y se taparon la cara con el abanico. La mujer explicaba a Zoido que no quería ni mirar a la cara a Sánchez Monteseirín. Un claro gesto despectivo que contrastaba con la cantidad de mensajes de apoyo que recibía el portavoz popular en numerosos puntos del recorrido.
Así, y no se sabe si por su condición de sevillista —por el triunfo en la Supercopa— o por las próximas elecciones municipales, un hombre con la gorra del conjunto de Nervión se le acercó y le dijo, señalando al Ayuntamiento... «a ver si tenemos suerte y vamos pronto allí». El líder popular se veía campeón.
Pero, sin duda, el éxito social se lo llevó el concejal del PP Beltrán Pérez, que repartía saludos por diestro y siniestro. De hecho, en un momento de parón en la Avenida, hubo quien comentó: «a éste lo conoce tó quisqui».
Así terminaba la última procesión de la Virgen de los Reyes con Monteseirín como alcalde... con un beso en la mano y con la duda de quién será el próximo en llevar el bastón de mando.


