Quizá el primer recuerdo que tenemos de un accidente de tráfico, mortal, sea el de Antoñito, Cangui. Antoñito jugaba a las bolas en la plaza, una bola se le fue a la carretera y él se fue detrás de ella, ciego, y aunque era de día, ni él vio el camión que venía ni el camión pudo frenar a tiempo. Antoñito, niño como nosotros, nos enlutó la infancia y nos metió el miedo que a partir de entonces sentíamos cuando los camiones de la Renfe volvían de los pinares cargados de troncos. El mortal accidente de Antoñito no lo entendíamos, porque éramos muchos hechos a andar por la carretera que cruzaba la tribu y muy pocos los vehículos. Fue mucha casualidad, mucha mala suerte. Poco después —¿o fue antes?— fue lo de Francisco Callejón, que el hombre venía en su carro por la estrecha carretera, cerca del puente romano, se pegó a la vera, que es un cerro, y por más que se pegó, el camión, con el costado, lo aplastó junto al carro. Seguíamos sin entender cómo un coche que pasaba de tarde en cuando podía matar a una persona, con la de circunstancias desfavorables que tenían que concurrir. Pero concurrían, y cada vez más, Cangui, porque cada vez había más coches y más personas, y cada vez estábamos más cerca, rozándonos por las veras del peligro mortal. Y porque era escasa la velocidad, no ocurrían más desgracias. Entonces había que tener mucha mala suerte para que un animal suelto causara una muerte, porque había pocos vehículos utilitarios y circulaban despacio y casi siempre daba tiempo de frenar.
Un hombre ha muerto en la carretera al atropellar a una vaca suelta que se plantó, quizá perdida, en el asfalto. Era todavía noche y el choque sería brutal, y conductor y vaca murieron en el accidente. No hace mucho vi un caballo muerto junto a trozos de chapas de un coche. En esa ocasión sólo murió el caballo, menos mal. Una imprudencia temeraria la de quien deja suelto un animal, que eso, sobre todo en la noche, en la carretera es una bala que te espera. Pero es que los terrenos de la velocidad y de los animales se juntan, Cangui, sin muchas precauciones, ni por parte de los dueños de los animales ni por la de las autoridades, que consienten —observa cuando vayas por cualquier carretera— que haya animales en fincas sin vallar adecuadamente. Quizá haya menos animales sueltos que entonces, pero hay infinitamente más coches. Y en ese desequilibrio está el peligro mortal, Cangui. Es una canallada dejar suelto a un animal que puede invadir una carretera. Porque, además, la máquina, velocísima, está ya en todas partes.


