Si García de Vinuesa pasó a la historia por ser un alcalde que derribó esas puertas y murallas que en pleno siglo XIX rodeaban la vieja ciudad medieval, Sánchez Monteseirín puede dejar su nombre en los anales de Sevilla justo por lo contrario. Este Ayuntamiento de progreso que nos la da con queso se ha empeñado en cargarse el centro de Sevilla como territorio común de todos los sevillanos. Ellos saben que en esas calles tortuosas y en esas plazas recoletas reside la memoria sentimental de la ciudad, eso que los antropólogos con fundamento intelectual y los inevitables cursis llaman los signos identitarios. Si Stalin cayó en el error de minusvalorar al Papa porque no contaba con divisiones acorazadas en el Vaticano, los herederos de su legado ideológico le enmiendan la plana al padrecito. Saben que el centro histórico de Sevilla es un obstáculo para su política, y al igual que levantaron un muro en Berlín para que el sistema totalitario no se contaminara con la libertad de occidente, hacen lo propio en la ciudad que pretenden controlar hasta el más mínimo resorte.
Las nuevas murallas no serán almorávides ni almohades, que en esto también hay sus opiniones, como diría el maestro Núñez de Herrera, ese escritor que encarnó la tercera Sevilla que se tragaron los sectarismos irreconciliables de los años treinta. Las nuevas murallas no se levantarán sobre sillares de piedra ni lucirán almenas ni matacanes. Serán unas murallas acordes con estos tiempos que vivimos: virtuales e invisibles. Como la misma política municipal. Los sevillanos se verán sometidos a un control estricto de sus movimientos como si volviéramos al Berlín de la Guerra Fría. El ojo del Gran Hermano los seguirá por el laberinto urbano donde se asienta la memoria sentimental de la ciudad. Así la gente dejará de acudir a las casas de hermandad para pasar el tiempo libre en los centros cívicos y en los campos de césped artificial que el Nuevo Régimen construye en los guetos, antes barrios.
Que nadie caiga en el craso error de tildar el cierre del centro como una medida absurda. Todo está perfectamente planificado. La nueva Sevilla que están perpetrando sobre los escombros de la ciudad clásica, que no antigua, es una ciudad impersonal y fría como la Praga que edificaron los comunistas en los alrededores de la esplendorosa ciudad barroca. Ahí no caben las ojivas de la Catedral ni los templos donde permanece encendida la infancia del sevillano en la penumbra que resguarda a las Imágenes. En esa Sevilla no hay lugar para el costumbrismo. Ni siquiera para la gracia, que diría José María Izquierdo. No se trata de cerrar el centro al tráfico, sino de cargarse los fundamentos de la ciudad, esos lugares y esos sentimientos que tanto les molestan a la hora de conseguir lo único que les interesa: el poder absoluto.


