Si el metal de Agujetas hubiera caído en la cerviz de alguien ordenado, no habría otro cantaor en la Historia más trascendente que ése que sueño. Pero ha ido a caer en el caos. En un falso salvaje que lleva toda la vida viviendo de ese cuento. Que es capaz de sacarme un ole en mitad de un cabreo. Pero que pone al flamenco en un vertedero de inmundicias que el género no merece. A Manuel de los Santos Pastor le viene el eco desde debajo de la tierra. Y en el paso de ese grito abisal por su garganta todo se convierte en un desorden bestial. Animal. Es el papel que interpreta. Y le ha ido bien. Porque con los dos únicos elementos que posee —afinación y timbre— es posible llegar al alma. Le tuve que decir ole por soleá aunque le pegara siete palos al compás en su recorrido. Aquí es donde hay que cebar de elogios al malagueño Antonio Soto, que ejecuta una perfecta persecución para lograr rematar los cantes en su sitio. Y me partió el alma cuando le echó mano al estilo de su padre, Agujetas el Viejo, en ese cambio que se lleva el tono solearero hasta el regusto de la cantiña. Pero no acepto su comportamiento. Abrocharse la correa en el escenario por fuera de las trabillas. La proclama chabacana: «¡Vivan los cojones de Dios!». El tópico del gitano puerco: «Hoy me he bañao y to». Yo no me lo creo. Porque esos chascarrillos baratos los dice en todas partes. Ya no cuelan. Así que lo que tiene que hacer Agujetas es cantar. Aprovechar ese don que Dios le ha dado con el que es capaz de convertir una simple salida en un cante en sí mismo. Yo lo que quiero es verle la campanilla como se la vi en el martinete. Ahí sí que estuvo. Pero no me trago ya el cuento de repetir el mismo cante, la seguiriya, con la excusa de que va a hacer estilos de otra clase. Porque hizo siempre el mismo. El de Tío José de Paula. «José Tomás en el toro y yo en el chillío», exclamaba ante la carcajada del aforo. Tal vez fue lo más acertado que dijo. El chillido lo arrastró hasta una carraspera que lo traía perdido desde los fandangos que le había robado al Carbonerillo para ponerle la pátina de gitanería que Manuel le pone a cuanto hace. Y es verdad que había que vitorearlo cuando se encontraba con su esencia. Porque Agujetas canta que quita el sentido. Pero no tiene actitud. Y ya está bien de rollos sobre el salvajismo y no sé qué película de los flamencos con dientes de oro. Chocolate tenía ese mismo eco atávico y tres muelas doradas, pero era un señor en las tablas.
Como lo es José Menese, a quien la frialdad con la que se topó anoche no le permitió poner el toro en los medios. Dio lo que tenía y el público no se lo premió. Prefirió entregarse al desorden de Agujetas. Será que yo no entiendo nada de esto. Porque aunque el arte que busco es el del instante, anoche me ganó la majestuosidad del morisco frente al desastre del roteño. Menese estuvo plano, tedioso incluso. Pero no se inventó excusas para echar fuera el recital cuanto antes. Se raspó la granaína con todos sus avíos a pesar de la voz tomada que le atenazaba. Y luego se dedicó a poner en duda el concepto que le han querido adjudicar por fuerza. ¿Quién ha dicho que Menese es un cantaor exclusivamente mairenista? ¿Cuándo cantó Mairena la farruca? El de La Puebla es una obra a la medida de Moreno Galván, cuyos versos caen milimetrados sobre su grito. La mariana, por ejemplo, está hecha para su queja aunque antes que él la dijera Miguel Vargas. Agotaíto, fatiga y cansera. A pasito a paso, mi alma, me rinde el sueño. Y después de pasar por los tientos de Pastora, entonces sí erahora de los Alcores. De la soleá y la seguiriya. De la cabal del Fillo. Su mejor momento. Justo el del final. Con Antonio Carrión tocando como hay que tocarle a un cantaor de su estirpe. Ahí ya tenía el de La Puebla el grito en el cielo para intentar dirigir mejor su voz y hacerla más maleable. Pero ya era tiempo de Agujetas. El gitano anárquico que hace del desbarajuste su gran valor. Lo escribo con rabia. Porque voy a repetir otra vez que Manuel tiene momentos estremecedores. Pero es él mismo quien no deja tiempo al aficionado para disfrutar del escalofrío. Pasa de lo trágico a lo cómico sin respeto a nadie. Vive acelerado, desabrido, sin regusto. Te deja agujetas en el oído con una intensa paliza de media hora. Te embauca. Y después se va. Y un poco más tarde descubres que no ha quedado casi nada. Bueno, sí. Anoche sí quedó algo. A mí me queda la alegría de haber escuchado la voz oculta de quien lo anunció desde las cajas. Quique Paredes, aquel guitarrista que tuvo que dejar para siempre la bajañí en la funda por culpa de una carretera equivocada en un momento inoportuno, ha vuelto a pisar un escenario. Sólo con eso ya está pagada la entrada. Y con la foto de dos clásicos opuestos en la negritud de la toná en la que Agujetas se cargó de un leñazo todo este razonamiento y me empujó hasta el meollo de la contradicción. ¿Cómo me puede gustar un tío que al mismo tiempo me indigna?


