«Alejandrías , la mirada oblicua», es una creación original que incluye textos de «Alejandro el Grande» de Quinto Curcio Rufo, de «Vidas paralelas» de Plutarco y del «Libro de Alexandre/La Ílíada» de Homero.
Con este anuncio una respira porque los clásicos a veces quedan un poco lejos del flamenco, aunque, si lo pienso bien, no tanto, porque allá por los años ochenta Salvador Távora montó «Las Bacantes» con la flamenquísima Manuela Vargas, que ya había protagonizado otra heroína o villana, «Medea» en 1984, de la mano del maestro José Granero y el Ballet Nacional de España.
Algo «tavoriano» se me antojó el espacio escénico de anoche, con un túmulo o atalaya, donde la actriz narradora, «Olimpia», va contando la historia de su hijo, Alejandro, sus amores homosexuales, su casamiento con Roxana, la amistad con Hefestión, o cómo Alejandro se deja morir al fallecer el amigo del alma.
La obra es densísima, intensa y navega regular entre el difícil mundo de la danza-teatro, el
flamenco y la danza contemporánea. Hay momentos en que se escora más hacia lo contemporáneo, tanto en su coreografía, realizada por Juan Carlos Lérida, como en su plasmación escénica. La flamencura de la obra corre a cargo del sin duda siempre genial Juan José Amador.
El trabajo de los bailarines es intensísimo, requiere una gran concentración y se ve que han trabajado mucho la interpretación de cada personaje para conseguir que los momentos dramáticos vayan en ascenso. La música, dirigida por Raúl Cantizano, tiene esa cadencia de fusión que siempre impone este guitarrista,y con la inclusión de instrumentos como la zanfoña o la lira. Magnífico vestuario, muy original de Carmen de Giles, y con instantes visuales destacables.
«Alejandrías» es una obra complicada, no sólo de interpretación, sino para el público en general que espera siempre la difícil sencillez de una historia bien contada, pero quizás más accesible.


