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Sevilla / mujeres de hoy

Una conductora de Tussam: «Alguna vez me han dicho, ¡vete a fregar!»

El obsoleto machismo de antaño continúa hoy unido, aunque en menor medida, a nuestra vida cotidiana. Lo saben una taxista, una policía, una fontanera, una instaladora de gas, una conductora de autobús y una transportista. Seis mujeres y seis oficios que actualmente han dejado de ser, por suerte, una tradición de hombres.

Día 05/11/2010 - 13.01h
ABC
Las seis protagonistas de nuestra historia
Muy atrás quedó ya el dicho «mujer de toda la vida»; comprendiendo a esta señora como alguien que permanecía en el hogar cuidando de los menesteres de la vivienda y la prole que, a menudo, eran más de dos y tres, mientras el hombre trabajaba para «traer el pan a casa». La mujer actualmente pisa fuerte las aceras de la ciudad, con tacones o sin ellos. Se enfunda su uniforme y trabaja como una más. Hoy no hay sexos a la hora de patrullar, instalar una caldera o conducir un vehículo de gran tonelaje. Sin embargo, son muchos aún los que desdeñan el trabajo que llevan a cabo las mujeres; sobre todo, si dicho empleo ha sido tradicionalmente desempeñado por un hombre.
Y Gloria, transportista desde hace nueve años, casada y con dos hijos, es la prueba de que se le puede «dar la vuelta a la tortilla» a un insensato acervo laboral. Forma parte de una cooperativa de transportistas, Cotymsur, y allí es sólo una más. «Soy únicamente un número. No importa que lleve el camión un hombre o una mujer. Tienes que salir a trabajar donde te toque y echar tu día de trabajo», asegura Gloria. Aunque lo que verdaderamente importa a esta transportista es estar horas y horas separada de sus hijos. «Es lo único malo que tiene mi trabajo, estoy muchas horas en la calle y no puedo estar todo el tiempo que querría con ellos –y añade–, pero comparto tareas con mi marido, mi madre y una chica. Sin ellos, no podría compaginar la vida laboral con la familiar». Y ¿por qué el camión? Por tradición. Su padre fue camionero y Gloria, cuando podía, le acompañaba. Le gustó la profesión y desde hace ocho años conduce su propio camión en el que, en una de las puertas, rinde un pequeño homenaje a su padre. Es tanto el entusiasmo que siente Gloria por su profesión que, de su primer retoño, se mantuvo en su puesto hasta que cumplió los siete meses y medio de embarazo. «Estaba gordísima, conduje hasta que pude. Incluso mi marido me adaptó un escalón más para que pudiera bajar con seguridad», afirma entre risas. La devoción de Gloria llega al punto de obviar algunos comentarios. «Siempre hay algo de machismo, en varias ocasiones me dijeron que si le estaba quitando el puesto a un hombre –pero resuelve–, me quedo con la sorpresa y la alegría de la gente, cuando voy por ejemplo a algún pueblo, y ven a una mujer al volante». Lidia en un mundo de hombres, el de la construcción –que son los materiales que ella transporta– hasta en el tiempo de la comida. «Llevo conmigo siempre mi nevera. No me gusta entrar en los bares y que se me queden mirando por ser transportista». En quien sí fijó su atención en una ocasión, por casualidad, fue en una conductora de Tussam; ambas se cruzaron mientras trabajaban y coincidieron en que «la “historia” había cambiado».
La tradición (de nuevo) y el azar empujaron a Mª José a adentrarse en el sector del taxi hace cinco años. Tradición por su abuelo y su padre, ambos taxistas; azar por su marido, también del ramo y por quien decidió sacarse el carné para ayudar a conducir el vehículo que les «daba de comer». Vecina de Castilleja de la Cuesta, cruza todos los días la A-49 para recorrer las calles de Tomares. «Cuando mis hijos se hicieron mayores, y ya con el carné, me ofrecieron una licencia para el taxi y acepté sin pensármelo dos veces», cuenta Mª José y asegura que, como sí le dicen muchas mujeres al verla, «no me considero ninguna valiente por conducir un taxi». Ratifica, además, que nunca ha tenido problema alguno con sus compañeros de trabajo, «al revés, siempre han estado ahí para ayudarme». Parece ser que es el resto el que pone, en contadas ocasiones, la nota discordante. «La gente se sorprende todavía bastante de ver una mujer en un taxi. Me miran muchas veces como si fuera un bicho raro. Lo noto. Incluso los niños por la calle se avisan unos a otros para decir “¡mira, una mujer en un taxi!”, y me sorprende esa reacción». Mª José concluye animando a todas las mujeres a que se propongan y hagan todo aquello que quieran, «una mujer puede hacer lo que sea como cualquier hombre». Sin dilación.
También de Tomares es Laura, una joven policía local en «trámites» de boda. Eligió en su día estudiar periodismo; sin embargo, al terminar la carrera y empezar a trabajar comprobó que el periodismo no era lo suyo. Pensó y repensó, hasta que dedujo que el Cuerpo era realmente su vocación. «Es un trabajo apasionante, me encanta, sobre todo, el poder ayudar a la gente. Hay cosas feas, pero es muy satisfactorio». Coincide con Gloria en aseverar que «vivimos en una sociedad con un lastre importante, el machismo». No pone ni una sola pega a sus compañeros, igual que Mª José, sin embargo (otra vez) es la gente la que menosprecia, a veces, el trabajo de esta agente. «Te ven como una mujer, no como un uniforme de policía. En la calle la gente reacciona distinto seas un hombre policía o una mujer. Se lleva mal, hay momentos en los que te vienes abajo, pero hay que asumir la realidad y esperar que cambie poco a poco», declara. Son pocas ocasiones pero, sin duda alguna, marcan. «Lo que más me ha chocado es que una señora me dijese “¡vaya tela, una mujer policía! Lo que tienes que hacer es estar en tu casa haciéndole de comer a tu marido”. Increíble», relata con cierto tono de indignación. Por otro lado, se relaja y esboza una sonrisa ante la certeza de que son muchísimas más las personas las que, ante una mujer policía, se sienten más cómodas, empatizan más y se sienten más acogidas.
Pilar es fontanera en los Reales Alcázares de Sevilla desde el año 98, está felizmente casada y tiene dos hijos. No ha sido la primera fontanera de la historia, pero sí la primera para casi todos los de su alrededor. Fue la única mujer de su clase en la escuela taller donde aprendió el oficio… Y la primera fontanera que conocían en el «cole» de su hijo. «El día en que teníamos que contar las profesiones, al decir que era fontanera, se quedaron sorprendidos». Hasta la «profe» de su crío le dijo que tenían algunos «arreglillos» que debían solucionar. Anécdotas aparte, Pilar deja claro que su labor tiene «cosas duras, piezas que se te resisten». Pero, en general, está contenta. «Siempre está la maña. Si algo está muy duro y le puedes dar con el soplete y calentarlo para aflojarlo, pues ya está. Duro no es». Asimismo, refuerza la teoría de Mª José, «si un hombre puede, yo también». «Depende de la capacidad de cada una, hasta dónde quieres llegar o qué esfuerzo es el que quieres hacer. En ningún momento me he echado para atrás. Si un hombre coge una machota y un cincel, yo lo cojo». Y, nuevamente, la sorpresa vuelve a la escena… «Algunas personas se sorprenden y se quedan mirándote para ver qué estás haciendo. Incluso les gusta, creo yo». Pilar, hacia sus compañeros, sólo tiene muestras de agradecimiento. «Nunca he tenido ningún problema. Al revés, cuando alguna cosa se te resiste y un compañero pasa cerca de ti, te echa una mano».
Nuestra siguiente protagonista es Rocío. Está separada, tiene un hijo de 23 años y el 19 de marzo del 2003 le cambió su vida. Ese día comenzaba a trabajar en Tussam tras quedar quinta de las mil quinientas personas que se presentaban a las oposiciones a conductor. Un curso de formación profesional del Área de la Mujer del Ayuntamiento de Sevilla le abrió las puertas de su autobús. «Aparqué mi vida laboral para cuidar de mi hijo, pero cuando éste pudo ser independiente, la retomé. Barajé las distintas posibilidades que existían y opté por Tussam». En sus más de siete años con conductora de autobuses no ha tenido discrepancias con sus compañeros. «Estoy muy contenta en la empresa, sin embargo, aunque fuesen situaciones aisladas, si he tenido problemas con algún que otro pasajero –y sigue–, en varias ocasiones me han dicho “vete a fregar”». De poner en una balanza las cosas positivas y negativas que ha experimentado Rocío desde su cabina, sin duda alguna, ganan las positivas.
Remata el plantel Eloísa; es fontanera, instaladora de gas, electricista y jefa en su empresa. Con veinte años, esta vecina de San José de la Rinconada, emigró a Barcelona buscando oportunidades. Y las encontró. Allí se hizo delineante, estudió electricidad y empezó a realizar reformas gracias a un conocido de la ciudad condal. Su vocación la lleva en la sangre, y es que su padre y su hermano se dedican a las mismas labores. Empuña el soplete sin miedo. Avalan la firmeza en su mano quince años en la profesión. Un camino que, según Eloísa, no ha sido, precisamente, de rosas. «Hay veces que te encuentras con clientes que todavía les cuesta asumirlo, incluso me han llegado a preguntar “oye, ¿tú sabes hacer eso?”. Desconfían continuamente». No obstante, el balance general es positivo, tanto con los clientes como con el resto de compañeros del sector. Sostiene, finalmente, que son las mujeres las que más horas trabajan, ya que cuando llegan a casa «siguen trabajando».
Es agradable saber que «en tierra de hombres» las mujeres, poco a poco, se están forjando una parcela que cada vez crece más y más. Siempre habrá garbanzos negros en la ruta y, como dice Laura, «queda muchísimo por resolver».
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