Según la Doctrina Truman, la Teoría del Dominó consistió, durante la Guerra Fría, en los intentos de dominio de ciertas minorías sobre personas libres que se resistían a tal opresión. Sevilla, tan fría y frívolamente trasladada a los medios del siglo pasado, revive ahora ese anquilosamiento que en cualquier espacio libre supone una imposición. Aquí nos han puesto cámaras para controlar nuestro acceso al casco histórico y condenar nuestro derecho a circular por donde nos plazca los mismos que pusieron objetivos indiscretos en la ronda histórica que no sirvieron ni para la única causa noble que han podido captar: el presunto traslado por el carril prohibido del cadáver de Marta del Castillo en dirección a La Barqueta, según relataron los acusados. El proteccionismo que los promotores de esta medida alegan es elogiable, pues los niveles de contaminación en la zona monumental de Sevilla son aterradores por mor del caótico tráfico hasta ahora permitido. Pero lo temible es que esto sea sólo una excusa para ejercer el dominio. Sin metro, sin autobuses, sin plazas de aparcamiento, sin información y sin las cámaras bien reguladas no se puede uno erigir en adalid del ecologismo urbano y de la transdiscursividad intertextual de la movilidad sostenible. La única medalla que se puede colgar quien somete a cada individuo a este plan es la de mandamás. Al pueblo no se le puede obligar a comprar el pan en panaderías vacías, ni a montar en bicicletas sin cadena, ni a beber en vasos sucios. La creación de una obligación es legítima si el fin que se persigue es proteger el bien general, pero siempre que estén aseguradas todas las condiciones mínimas para su cumplimiento. Si tengo que beber en ese vaso porque usted, representante de todos elegido democráticamente, entiende que se obtiene con ello un beneficio para la comunidad, encárguese al menos de que lo laven. Y este Ayuntamiento te exige que hociques en un cáliz mugroso. Ha jugado a ir solucionando los problemas de tráfico con fichas de dominó colocadas una detrás de otra. Hasta que el sentido común ha dejado caer la primera.
En aquella Teoría del Dominó de la Guerra Fría se aclaraba que las personas libres se resistían a la opresión de las minorías. En esta teoría del dominó de la frialdad sevillana falla esta última premisa y se da por sentado que el mejor sitio para echar una partida es el meollo de una vía pública. Los grandes ideólogos de la nueva sevillanía, obsesionados con el ecologismo transdiscursivo del coche oficial, están contaminando nuestro sentido común con emisiones de estulticia inasumibles para la atmósfera de la libertad. Ahogar el tráfico con un seis doble sobre una mesa de playa en mitad de la ronda histórica, con los Jardines de Murillo desiertos a la vera, es, además de un capricho tontorrón —a mí me tienen que explicar muy despacio qué clase de gusto puede dar jugar una mano ahí—, una provocación innecesaria. El invento de la Ciclovida cortando seis carriles una vez al mes durante toda una mañana es el colmo de la obsolencia en que vivimos. O de la mentira. Ahí ven claramente la teoría del dominó. La calle no se corta para protegernos de la contaminación del tráfico, sino para poder celebrar una manifestación afín a la minoría impositora mientras el pueblo se juega su libertad, de forma complaciente y desgraciada, entre payasos y titiriteros pagados con su trabajo.



