La gente del mundillo económico conoce bien la exclamación del presidente americano Harry S. Truman (en ocasiones se atribuye a Kennedy) pidiendo un economista manco que no le mareará con las disyuntivas «por un lado puede ocurrir esto, por otro lado puede suceder lo opuesto». Lo de manco viene de la expresión inglesa «on the other hand», equivalente a decir «desde otro punto de vista», que ayuda poco o nada al que demanda una solución única, como suele ocurrir a quien, atribulado, tiene que tomar decisiones. Es cierto que los economistas se limitan en ocasiones simplemente a relacionar medios y fines —«para conseguir aquello, hay que hacer esto»— aunque cada alma en su almario considera que hay objetivos mejores que otros, y a través de su formulación construye toda una ciencia aunque resulte algo «manca». Los artículos económicos suelen estar plagados de nexos adversativos (mas, pero, sin embargo, empero, con todo, aunque, etc.) que contrarían las afirmaciones rotundas con matizaciones posteriores. Así cabe decir que el paro bajará «aunque habrá que esperar a la evolución de las exportaciones» o que «estamos sufriendo una dura crisis, pero lejos de una recesión en sentido técnico». Como muestra, acabo de leer un texto donde en dos líneas se repite tres veces la expresión «no obstante», vaselina habitual de cualquier afirmación arriesgada. No obstante (aquí me tienen incurriendo en lo que denuncio), la economía es el arte o ciencia de la elección: entre ahorrar o consumir, entre producir cañones o mantequilla, entre más o menos intervencionismo del Estado. Si esto ocurre dentro de un ámbito específico de conocimientos y objetivos, imaginen las dificultades que surgen cuando se mezclan con otras diferentes disciplinas e intereses, como pueden ser los medioambientales, los electorales, los institucionales y los personales. El dragado del río Guadalquivir para poder poner en valor los 170 millones de euros invertidos en la construcción de una nueva esclusa, lleva camino de ser uno de esos compromisos donde la dilación se considera una solución. Sin entrar en quien tenga razón, parece seguro que ni más informes científicos, ni más datos complementarios, ni ningún «comité de Autoridades Competentes» (típico truco dilatorio) van a conciliar los intereses en juego. Así que ya hay quien está pensando cómo justificar la inversión realizada aunque no sirva para que buques de mayor calado lleguen al puerto de Sevilla. Si Platón descomponía funcionalmente la sociedad en hombres de oro, plata y bronce, los gurús del «management»" nos dividen en exploradores, decisores y ejecutores. Los científicos deben ser excelentes exploradores y descubridores de nuevos caminos, pero no se les debe exigir cualidades decisorias que son de otro negociado. Del excesivo análisis es fácil pasar a la parálisis, y la vida no debe estancarse. Los científicos tienen el privilegio de poder ser «mancos» de otros puntos de vista, de no importarles sino lo que atañe a su especialidad, y de tener dos manos dubitativas a la hora de presentar sus conclusiones. Como la mayoría de los problemas importantes no tienen solución matemática, objetiva y exacta, alguien tiene que decidir con información sesgada e incompleta. O no decidir, y dejar a medias un puente, un canal, un edificio, un metro, o una ciudad.


