Va para dos años de debate y forcejeo entre el sector financiero (cajas de ahorro) y el Banco de España, entre el Banco de España y el Gobierno y entre el Gobierno y la oposición para habilitar un sistema que evite una crisis financiera con consecuencias imprevisibles. El consenso del momento, aquí y fuera, es que ninguna entidad debe ir a la quiebra por las consecuencias imprevisibles de ese paso. No solo las entidades sistémicas, las del «demasiado grandes para caer», sino también las demás, por los efectos contagio y el riesgo de pánico.
El último domingo de marzo de 2009 un consejo de ministros extraordinario, reunido en domingo por la tarde, aprobó las medidas necesarias para intervenir la primera caja averiada. Aquel día se podía haber llegado mucho más lejos, una vez hecho el gasto político, colocado el enfermo en la mesa, era el momento de la cirugía radical que evite volver al quirófano. Pero optaron por lo gradual, quizá esperando el santo advenimiento, y el enfermo no ha parado desde entonces de volver al quirófano.
Ahora el foco está en la solvencia, cuadrar el coeficiente mágico del llamado «core capital» que tiene varias definiciones y concreciones y que permite, por tanto, cierta creatividad o discrecionalidad contable, métrica libre. Pero el problema tiene más sustancia, hay otros factores clave que dejan de lado, al menos eso parece. Tan importante como la solvencia (papá) es la rentabilidad (mamá). Sin solvencia no hay presente y sin rentabilidad no hay futuro.
Por eso me llama la atención lo poco que se habla de rentabilidad y la ligereza con la que se lucen beneficios que parecen más de los de «apuntar» que de los de verdad. Empezamos hace dos años largos, a la entrada en la crisis con un sistema financiero fabuloso y ya vamos por otro con averías manifiestas y otras por manifestar.


