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Las ruinas de San Telmo

Griñán ha conseguido que el restaurado palacio de San Telmo se convierta en las ruinas de la Itálica socialista, vulgo el Régimen

Día 09/04/2011 - 07.13h
Las ruinas de San Telmo
 

Si Rodrigo Caro viviera en esta Andalucía donde el Régimen se desmorona, podría escribir una canción similar a la que compuso ante la visión de las ruinas de Itálica. Aquel sueño de Escipión el Africano fue derribado por los siglos. La Itálica chavesiana puede caer cualquier día sin necesidad de que pasean las centurias por ese calendario que registra escándalos en cada hoja. Sólo hay que cambiar algún que otro nombre propio, y ciertos detalles, para que el poema de Rodrigo Caro se haga presente ante el ruinoso estado de este entramado que parecía eterno: «Estos, Pepe, ¡ay dolor!, que ves ahora / campos de soledad, mustios escaños, / fueron un tiempo San Telmo famoso. / Aquí de Chaves la vencedora / colonia fue; por ERES derribado / yace el temido honor del espantoso / Régimen, y lastimoso / recuerdo es solamente / de su invencible gente».

Chaves nombró a Griñán su sucesor en la sede de San Telmo como si Andalucía fuera un imperio. Al más puro estilo de la Roma de los césares. Lo señaló con el dedo una noche al salir del cine. Habían visto una película en versión original subvencionada: La caída del imperio chavesiano. Pero no se habían dado cuenta de qué iba el rollo. Estaban ciegos de poder. Con la soberbia clavada en esas pupilas que no dejaban entrar la visión real de una Andalucía que nada tenía que ver con la propaganda oficial.

El emperador Chaves se fue a la capital para no llevarle la contraria a ese ZP que ahora es un cadáver político. Y dejó a su protegido Griñán al mando del cortijo. Como si fuera el administrador de la finca. El aperador no podía ser otro que el fiel Pizarro, maestro en mantener firmes a los alcaldes y diputados provinciales, a los dirigentes provincianos que conforman la tupida malla de militantes colocados por el partido, que para es Andalucía es suya. Todo estaba controlado hasta que Griñán sintió ese apetito desaforado por el poder.

La comedia derivó en tragedia. Lo que parecía una sucesión tranquila como una balsa de aceite se convirtió en una obra de Shakespeare pasada por el clan de Alcalá de los Gazules. Griñán se convirtió en Julio César y Chaves le ordenó a Pizarro que hiciera el papel de Bruto, que es lo suyo. Mas el puñal que tenía preparado Pizarro se quedó en su funda. Fue Griñán quien lo obligó a coger el gladio con el que se hizo un harakiri que habría sido impensable hace un par de abriles. A la vista del partido, bajo el sol de esta primavera sangrienta para el Régimen, Pizarro se inmoló en San Telmo, poniendo perdido el palacio restaurado por Vázquez Consuegra: una pena.

Mientras el imperio se derrumba, el César chavesiano sufre los ataques de los bárbaros del PP en las escaleras del Senado. No hay día en que no le recuerden su condición mortal, algo que negaban sus consejeros áulicos, vulgo agradaores o pelotas. Madrid no es la corte de los milagros chavesianos que conseguían revestir una crisis con las fanfarrias de la Segunda Modernización. En Madrid no se cortan un pelo a la hora de hablar de sus hijos o de sus hermanos. Lastimoso final el de este político cuya mediocridad no le impidió gobernar Andalucía durante dos décadas. Como lastimosa es la caída de Griñán, tan diletante y soberbio ante los espejos y tan inepto a la hora de reducir la sangría del paro, ese negocio para el partido que montó la trama de los ERE.

Rodrigo Caro vuelve con sus versos barrocos y decadentes. Nadie como el poeta de las ruinas de Itálica podría describir este final que se anticipa a sus propios designios: «La casa para el César restaurada / ¡ay!, yace de lagartos vil morada; / asesores, griñaninis, todos se fueron, / en busca de los ERES que para ellos urdieron».

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