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«Los políticos profesionales recuerdan a sargentos chusqueros»

Manuel Moya: poeta, novelista, traductor. Vive en Fuenteheridos. Ganó un premio de poesía haciéndose pasar por prostituta y ha ganado el Fernando Quiñones con «Las cenizas de abril»

Día 29/05/2011 - 08.38h
«Los políticos profesionales recuerdan a sargentos chusqueros»
JUAN FLORES 

—¿Se puede ser escritor en un pueblo de menos de mil habitantes?

—Escritor y hasta sobrino nieto de Chesterton [un familiar de Chesterton es vecino de Manuel Moya en la Sierra de Huelva].

—Es que como la literatura se había convertido en una actividad tan urbana…

—Eso dicen, pero ¿quién le pone puertas al campo?

—¿Lo bueno de vivir en un pueblo tan chico es que no hay otros escritores cerca con quien pelearse?

—Bueno, un escritor tiene que tener siempre algo con lo que pelearse. En el mío somos varios escritores y nos llevamos bien. Demasiado bien incluso.

—¿Cómo han celebrado sus vecinos su premio de novela, tan bien retribuido?

—Mis vecinos son gente que hace el ruido justo. Vivir en un pueblo pequeño es como vivir en una novela por entregas. Yo salgo a la calle en zapatillas de guata. Eso quita mucha presión a los vecinos y a mí.

—¿Es cierto que algunos vecinos no salen de casa los fines de semana para evitar a los turistas?

—Muy cierto. Los turistas son una bendición, pero una bendición demasiado escandalosa.

—Decía el poeta Vicente Tortajada que ustedes los serranos no son gentes fáciles ¿A qué cree que se refería?

—Supongo que se referiría a que somos complejos, ensimismados, con un sentido muy estricto pero también muy noble de la convivencia. Gente de palabra, en suma. No, decididamente, no es fácil entendernos.

—¿Qué le gusta de la ciudad?

—Yo estudié el bachillerato en Sevilla y uno al final es de donde hace el bachillerato. Soy, pues, un tipo urbano en el cuerpo de alguien que ha decidido vivir en un pueblito.

—Ha hecho trabajos manuales y físicos, ¿es eso bueno para el escritor?

—Trabajos manuales los hemos hecho todos a cierta edad. Sin la imaginación y una miajita de conciencia, no seríamos más que tipos rellenando crucigramas.

—¿A qué escritor y por qué le mandaría un pico y una pala?

—Hay muchos escritores de mucho pico y de poca pala, pero voy a su pregunta. Qué le parece Enrique Vila-Matas. Me gustaría conocer el rendimiento literario que le saca a unos cuantos callos.

—Se habla del «caso clínico» de Fernando Pessoa ¿no teme acabar mal con tantos heterónimos?

—Los heterónimos me sacan de mí mismo, lo que siempre es un descanso. Vivir siempre en uno mismo es una falta de imaginación y un desperdicio.

—¿A cuál le está más agradecido?

—Todos presentan posturas interesantes frente a la vida. Violeta, Umar, Manuel o Li son caras de un mismo poliedro. Quiero creer que la realidad tiene mucho de poliédrica.

—¿Cuál es carne de psiquiatra?

—Ninguno. Ninguno. Son gente muy sana. Es más, no descarto que a algún psiquiatra le venga bien leer a algunos de mis heterónimos.

—Ganó un premio de poesía firmando con nombre de mujer ¿no teme que el Instituto de la Mujer le pase factura?

—Todos los institutos, tarde o temprano, te pasan factura. Además escribí de ciertas cosas cuando aún no estaba de moda escribir de eso. Demasiada crudeza. Me llegaron a tildar de terrorista del verso. El caso de Violeta C. Rangel está todavía por estudiar.

—¿Qué le causa más desasosiego?

—El desasosiego es un estado del alma. No viene de afuera.

—¿Y qué le colma la paciencia?

—Los políticos profesionales y aún más los que aspiran a ser políticos profesionales. Me recuerdan mucho a los sargentos chusqueros.

—¿Qué es lo que más separa a España de Portugal?

—Es un hecho que de Portugal nos ha separado la política. Portugal siempre nos ha mirado con desconfianza. Nosotros hemos mirado a Portugal con suficiencia. Un cóctel imposible.

—¿Qué es lo más sorprendente que le ha pasado en Lisboa?

—La propia Lisboa. Es una ciudad de sorpresas. ¿Le vale la presentación de un libro de cinco horas?

—Ha ambientado su novela en la Revolución de los Claveles, ¿todas las transiciones son literarias?

—No sé si las transiciones son literarias o no, pero sí que toda revolución es literaria, entre otras razones porque al escritor le permite ver en qué acaban los ideales. Y, créame, casi siempre acaban en el mismo sitio.

—¿Por qué se critica tanto la Transición ahora si por una vez los españoles nos pusimos de acuerdo sin hacernos demasiada sangre?

—Las transiciones, y un ejemplo es la nuestra, dejan demasiadas cosas pendientes. Es como irse a vivir a una casa con los muebles del inquilino anterior. Suponga que el inquilino anterior es un canalla. Comprenderá que en ese caso nunca es tarde para llamar al trapero. Justo lo que está sucediendo.

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