Acababa de sonar la campana de la Plaza Nueva de las ocho de la tarde. Habían cesado en su estruendo, incluso, las bocinas y megáfonos indignados del exterior. Juan Ignacio Zoido recibía en ese momento el bastón de mando de la ciudad tras cuatro años de enorme e innovador trabajo en la oposición y después de un histórico triunfo electoral el 22M. No se lo entregaba el anterior alcalde, que se guardó la clase en el cajón de los rencores y no quiso estar presente pese a que sí lo hizo la plana mayor de su partido. Todo un gesto de mal perdedor que, de inmediato, se encontró un gesto de buen ganador. Porque el nuevo alcalde de Sevilla ha dominado con maestría el terreno de los gestos de principio a fin de esta carrera que ha ganado. Y ayer no iba a ser menos. Así, nada más agarrar el bastón, Zoido se lo ofreció a la ciudad, a los sevillanos. «Es suyo, ahora son los sevillanos los que recuperan el poder y serán sus intereses los que primen», decía luego el popular emocionado. Otro símbolo, el del bastón, similar al de la bandera de Sevilla en el balcón de la sede del PP nada más obtener la victoria en las urnas.
En los gestos ya ha triunfado. Como en las promesas, tangibles o no, que han gustado a la mayoría de los votantes. Pero desde hoy son menos válidas las alegorías y las propuestas, que tienen que dejar paso sin excusa a los hechos. Por delante, como mínimo 1.460 días al frente del Ayuntamiento para, como él recalcó ayer, «colocar de nuevo a Sevilla en el sitio que le corresponde, que sea una ciudad de referencia y que compita con las mejores» y en la que «el talento de la gente sirva para salir de la crisis». El talento y el trabajo fueron los términos más recurrentes de su discurso de investidura. Y quiso predicar con el ejemplo de manera tajante. Al término del acto, pasadas las nueve de la noche y tras la interminable sesión de fotos con todo el que quería posar junto al nuevo regidor —y fueron legión—, Zoido reunió a su grupo municipal para empezar a trabajar y dejar definidas las líneas para mañana lunes. «Es que como el domingo no vamos a venir, pues ya lo dejamos eso hecho», indicó al respecto para dejar claro que su divisa no va ser otra que la dedicación. Más símbolos.
Antes, en el extenso y algo anacrónico acto de toma de posesión, el popular insistió en que el bastón «es y será de los sevillanos» incidiendo en que gobernará «para todos», una obviedad repetida alguna vez con la que quiso desmarcarse del sectarismo que ha caracterizado al gabinete saliente PSOE e IU. Con todo, se mostró muy conciliador con la nueva oposición, pidiéndoles insistentemente que olviden «la pelea partidista» y que «trabajen por la ciudad». «El Gobierno local representa a la ciudad, y ustedes, señores del PSOE y de IU, también», apeló a sus opositores, respondiendo con modos institucionales a unos discursos de Juan Espadas y de Antonio Rodrigo Torrijos llenos de revanchismo y con escasísima elegancia pese a tratarse de un acto institucional. El socialista, de hecho llegó incluso criticar la tarea que ha hecho el PP en la oposición indicando que, a causa de ella, se justifican movimientos «como el de los indignados del 15M que protestan en la puerta». Para hacer oposición tienen cuatro años, pero los dos quisieron hacer ayer un mitin absurdo que recibió incluso algún abucheo. Ninguno, eso sí, como el que se llevó la concejal comunista Josefa Medrano en el momento de la jura de su cargo, cuando hizo un alegato republicano cambiando el modelo establecido y aceptando el acta de edil «por exigencia legal» y como «ciudadana partidaria de un estado republicano, federal y solidario». Fue cortada varias veces por las protestas de los asistentes, que llenaron el Salón Colón y otros dos salones aledaños.
Espejo para Rajoy y Arenas
En ese salón estuvieron arropando al nuevo alcalde, como anunciaron, el líder nacional del PP, Mariano Rajoy, y el del partido en Andalucía, Javier Arenas, que mostraron así su respaldo al trabajo hecho en la capital andaluza y que, también, porque así es, tomaron nota del éxito del novedoso modelo de trabajo que ha llevado a Zoido a arrebatar al PSOE uno de sus principales símbolos. Recogieron de algún modo, incluso, el testigo que les deja Sevilla para acometer ahora la batalla para llegar a San Telmo —y allí estaba José Antonio Griñán para personificar el reto— y Moncloa. Y Zoido, en muchos aspectos (sistema de trabajo, cercanía, trato con la gente, mensaje desideologizado...) va a ser el espejo donde se miren. Con los abrazos efusivos del final del acto se dio ese relevo.
Al otro lado de esos símbolos, otro muy destacable ayer, el de la presencia de Griñán y la secretaria de Organización del PSOE-A, Susana Díaz, en ese salón donde el PP escenificaba un triunfo aplastante para cerrar un círculo que iniciaron hace algo más de un año con un teletipo con el que se despachaba al alcalde de la ciudad durante doce años para cambiar de caballo y apostar por un político más afín a la dirección. Desde allí, un error tras otro ha llevado a los socialistas a quedarse con once concejales en la oposición mientras Zoido lograba el mejor registro soñado. Plaza perdida. Plaza en la que ayer quisieron estar para intentar decir que aún existen. Pero la travesía en el desierto no ha hecho más que comenzar.



