Zoido ha convertido a Sevilla en la ciudad de los funcionarios. Ya estaban en las oficinas de las Consejerías de la Junta de Andalucía, de la Delegación del Gobierno y de las Delegaciones Provinciales de la propia Junta, de la Diputación Provincial y del Ayuntamiento. Los funcionarios ya ocupaban la medicina y la educación, los juzgados y la cárcel, los cuarteles y los cuartelillos. Porque Sevilla vive de eso que los economistas llaman transferencias de renta y que consiste en algo muy sencillo: el Estado central, autonómico, provincial y local dedica una parte de sus impuestos a pagar los sueldos de los funcionarios, que gastan ese dinero en los comercios y bares de la ciudad, con lo cual la economía sevillana es productiva… por las que hilan.
Ahora se harán cargo de la gestión de la ciudad. Zoido quería un gobierno de funcionarios y lo tendrá. Él mismo es funcionario de carrera en excedencia. Ahora viene la pregunta del gallego: ¿y esto es bueno o es malo? Pues mire usted, le vamos a responder al galaico modo: depende. Es cierto que hacía falta en Sevilla el rigor que imprimen los funcionarios a la gestión pública. Ya estaba bien de tomar las decisiones en los reservados de los restaurantes que ostentaban las tres estrellas de la guía Marchenín. Ojalá se otorguen licencias, a partir de ahora, como se debe hacer, con los técnicos presentes y con la ley encima de la mesa del despacho, no con las cigalas de tronco que se ponían como las recalificaciones al listo de turno: en bandeja.
Todo esto está muy bien, pero… No hablamos del pero como rancia denominación de origen de la manzana, sino de la conjunción adversativa. Es bueno que gestionen los funcionarios, pero Sevilla no puede quedarse ahí. La ciudad está falta de ilusión, como pudo comprobar el mismo Zoido en la procesión del Corpus. Aquello parecía el desfile de un ejército de liberación. Aquello fue la demostración palpable de que Sevilla necesita el impulso de la sociedad civil para salir del letargo, del sopor, de la galbana en que vivía: no hay ciudad más acomodaticia cuando se lo propone, cuando se entrega en los brazos del señorito de turno que hace con ella lo que quiere.
El rigor funcionarial debe equilibrarse con la audacia de aquellos sectores más dinámicos de la sociedad sevillana. Estas virtudes no son excluyentes, sino complementarias. Y ahí es donde Zoido tiene que echar el resto. Hay que buscar a los mejores… y encontrarlos. Hay que convencerlos como sea. Zoido no puede quedarse en Juaninasio, el alcalde simpático que recoge los aplausos de la Sevilla liberada que ha conseguido zafarse de las garras caciquiles que la tenían paralizada. Zoido tiene que ser el alcalde que ponga en funcionamiento la ciudad. Y para que Sevilla funcione hace falta gente que vaya más allá del rigor funcionarial.


