Sevilla

Sevilla / NO DO

La fuente de la Caridad

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Pretenden superar la caridad con una solidaridad tan mal entendida que termina en los bares de copas a golpe de yintoni

Día 07/02/2012

En el Jardín de los Poetas del Alcázar de Sevilla hay una fuente con una palabra grabada: Charitas. Se la trajo Romero Murube de un convento de Sanlúcar de Barrameda. Es una fuente vieja que luce esa belleza asimétrica provocada por el tiempo que es capaz de deformar la piedra. Estalactitas de verdina van marcando las horas muertas en la clepsidra detenida de los años que no pasan, que se quedan en ese silencio de naranjos iluminados por el color de sus frutos, en esos limoneros que añoran a los poetas que les dan su nombre al jardín. A los lados de la fuente, sendos estanques donde se reflejan esas columnas que Romero Murube situaba en la más absoluta soledad. Dos columnas que sostienen el aire con sus capiteles desnudos.

Charitas. Caridad. Una palabra que jamás entenderán los que gritan en un congreso funeral, que no federal, donde se han enterrado las grandes ideas que movieron durante dos siglos a la izquierda más limpia, más pura, más cristalina. Esa piedad laica que se identifica con la filantropía y que jamás tuvo ningún roce con el cristianismo porque se sabía heredera de la mayor revolución que se ha producido en el interior del ser humano. Caridad labrada en la belleza de una fuente que no deja de manar el agua clara del amor, de la entrega a los demás. Si estos carcas del laicismo rancio se hubieran pasado por la calle que guarda la memoria viva de una monja cuyo nombre no hace falta escribir, no habrían perdido el tiempo con su anticlericalismo impostado, de diseño, puro marketing para los nostálgicos del pasado.

La fuente de la Caridad está situada junto al reverso del monumento a Catalina de Ribera, una fuente mural que da a los jardines que llevan su nombre aunque los sevillanos se lo adjudiquemos a Murillo, el pintor de la caridad y de la Caridad, o sea, de la iglesia donde está enterrado el caritativo Mañara. Catalina de Ribera ejerció esta virtud cuando levantó el imponente Hospital de las Cinco Llagas, edificio que hoy alberga a los que pretenden superar la caridad con una solidaridad tan mal entendida que termina en los bares de copas a golpe de yintoni que se escribe con la y de raya. Y encima hay que aguantarles esos desplantes laicistas de segunda mano...

Allá ellos y ellas con sus demonios familiares. La fuente de la Caridad sigue sonando con su belleza oculta en el Jardín de los Poetas. Mientras, las herederas de aquella monja débil y casi analfabeta despliegan su bondad por esos rincones a los que Dios llega a duras penas con el esfuerzo de estas mujeres. No hace falta decir de quiénes estamos hablando porque aquí las conocemos todos. Nunca las escucharéis gritar, ni quejarse porque llevan treinta años aguantando a pie de obra. Cuando caiga la tarde, la fuente que se trajo Romero Murube a su Alcázar reflejará un cielo suave y rosa, levemente azul. Ese silencio nos recordará que la verdadera caridad es la forma más honda de la belleza.

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