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En su despedida como entrenador del Sevilla, Marcelino García Toral se mostró tan sincero y natural como lo fue desde el primer día en que se hizo cargo del banquillo de Nervión. Eso sí, su cara era la de alguien abatido. Con un nudo en la garganta, trató de aguantar las lágrimas, pero al final, cuando su última intervención pública en el Ramón Sánchez-Pizjuán estaba a punto de expirar, no pudo más y abandonó la sala ante el aplauso de los presentes, que reconocieron con un justo aplauso el honrado comportamiento que el técnico ha tenido durante su breve pero intensa estancia en el Sevilla.
La vida te da palos, y éste es el más duro de toda mi carrera. Siempre tuve el sueño de entrenar aquí, pero al final ha sido un mal sueño. Me costará salir de ésta», reconocía Marcelino, que tuvo palabras de agradecimiento hacia todos aquellos con los que trabajó de una u otra forma en los últimos meses, haciendo mención especial a José María del Nido y Monchi: «No tengo ningún reproche que hacerles. Su confianza y apoyo en los momentos más complicados fue permanente. Es más, creo que hoy siguen teniendo la misma confianza en mí que en la pretemporada, pero no podía abusar de ellos, pues el club está por encima de todas las personas. Por mucho afecto que hubiera, y por mucha profesionalidad y honestidad que yo les haya dado, no tenía la fuerza moral para exigirles nada, y los resultados les han forzado a tomar la decisión de cesarme».
Caras de circunstancias
Los rostros de Del Nido y Monchi, especialmente afectado, también hablaban por sí mismos. «Pese a que hemos podido constatar que es un entrenador altamente cualificado, con todo el dolor de nuestro corazón hemos tomado esta determinación», apuntó el presidente, que subrayó el hecho de que el Sevilla sólo ha ganado dos de sus últimos quince partidos ligueros: «En el fútbol, cuando los resultados no llegan, el entrenador es el primero en caer. No había otra solución posible para revertir esta situación».
Marcelino insistió en que su Sevilla no estuvo a la altura de las expectativas porque no demostraron «la continuidad necesaria en su juego», al mismo tiempo que lamentaba que la fortuna apenas le sonriera en momentos tan puntuales como clave. «Nunca, como entrenador, he tenido tan poca suerte. La bolita, que es la que manda, no quiso aliarse con nosotros ni en el campo ni en los sorteos, y eso nos privó de muchos puntos y fue minando nuestra confianza», señaló el técnico, quien, pese a la desazón del momento, hizo público su deseo de, algún día, poder volver a dirigir al equipo sevillista: «Me siento en deuda. Ojalá que el destino, que es caprichoso, me dé una segunda oportunidad en este club y podamos cruzar nuestros caminos otra vez».
El técnico no negó que tuviera «bastante culpa» en el insuficiente rendimiento ofrecido por la plantilla y dijo sentirse «frustrado» por no haber sabido «convencer a los jugadores de desarrollar de forma continua una serie de criterios y valores», aunque, del mismo modo, indicó que «no borraría nada» de lo hecho. Sí lamentó, en cambio, «no haber tenido antes a un futbolista como Reyes», si bien es cierto que él mismo estimaba en verano que tenía efectivos suficientes para que el equipo rindiera de forma óptima hasta que se abriera el mercado invernal.
Marcelino no dudó en desearle lo mejor a su sucesor, Míchel, así como a la que ha sido su plantilla. Se va con la sensación de no haber tenido ningún problema serio con nadie. «Otra cosa es que alguien los tuviera conmigo. Tengo mi conciencia muy tranquila», expresó el técnico, quien volvió a insistir que, en ningún caso, tuvo un enfrentamiento dialéctico con Kanouté la semana pasada, cuando la prensa, de forma generalizada, interpretó que así había ocurrido.



