Han reducido la política, tan aristotélica, a un oficio destinado a los que no tienen otro beneficio
Día 14/02/2012
«A veces, / mi egoísmo / me llena de maldad, / y te odio casi / hasta hacerme daño / a mí mismo: / son los celos, la envidia, / el asco / al hombre, mi semejante / aborrecible, como yo / corrompido y sin / remedio, / mi querido / hermano y parigual en la / desgracia». Los versos de Ángel González nos confirman, una vez más, que las grandes verdades son carne de poesía. Está visto, escrito y demostrado que el poeta llega a lo más hondo, al lugar donde no alcanza la luz del análisis político, social o económico. Por eso hemos vuelto a leer su «Carta sin despedida», ese poema que tanto se parece en su arranque al cenagal en que se han enterrado los que llegaron a pensar que esto —España, el progreso, Andalucía, la democracia, Sevilla— era algo suyo.
Están destrozándose porque no saben hacer otra cosa. Han convertido la O del obrero al que no conocen ni de vista por la O del Odio con mayúscula. No le demos más vuelta al navajeo inmisericorde en que han caído. Si cuando lo ganaban todo demostraban un rencor hacia los perdedores o los indiferentes que no se sabe muy bien de dónde venía, ¿qué podemos esperar ahora? Siempre han vivido en la selva de una política no apta para mentes preclaras ni almas púdicas. Parecen salidos del retrato que les hizo Vicente Aleixandre sin necesidad de conocerlos: «Allá por las remotas / luces o aceros aún no usados, / tigres del tamaño del odio, / leones como un corazón hirsuto, / sangre como la tristeza aplacada, / se baten con la hiena amarilla que toma la forma del poniente insaciable».
Se descuartizarán entre ellos para salvar un puesto de trabajo, una nómina que les permita seguir pagando la hipoteca. Han reducido la política, tan aristotélica, a un oficio destinado a los que no tienen otro beneficio. Matan por hambre. Los codazos ya no sirven. No se trata de estar un escalón por encima del otro. Es algo mucho más serio. El Titanic del Régimen se hunde y no hay botes salvavidas para todos. Los más crueles, los más implacables podrán seguir remando durante cuatro larguísimos años mientras el enemigo —para esta gente no hay adversarios— ocupa el palacio que restauraron con nuestro dinero para darse una gloria de la que carecen.
Sólo pueden compartir algo que aún los une: la sed insaciable de poder. Se conocen muy bien entre ellos y saben cómo es la forma neobarroca del colmillo retorcido que les creció en el frentismo de las juventudes. Todos han traicionado al amigo alguna vez en la vida. Como dice un veterano dirigente, «en este partido todos hemos estado en un bando y en el contrario». Todos fueron guerristas y todos han sido chavesianos, incluidos el antecesor de Griñán el Breve. Eso es lo único que los acerca. Ese rencor cuyo origen habría que estudiar detenidamente. Ese odio de tigre, de leona herida. Parafraseando a Borges, no es el cariño mutuo quien los identifica: «No los une el amor, sino el espanto, / será por eso que se odian tanto».


