Día 24/02/2012
Camino de la modista para probarse la túnica, la bufanda le protege el cuello. Se alegra de llevarla, aunque luego le estorbará. Y de la lana de la bufanda pasará de inmediato al ruán de la túnica. ¡Qué ganas de que llegue ya Semana Santa! Pero como para resucitar hay que morir, antes habrá que vivir la Cuaresma, que son preparativos, vísperas de Domingo de Ramos durante interminables días para llegar a la gloria de la explosión de la primavera. Cuaresma es tiempo de limpieza interior y exterior, de renovación, de recuento de lo bueno y lo malo con el propósito de mejorar. Todo de cara al Domingo de Resurrección, la fecha litúrgica que da sentido a la vida cristiana. Sin resurrección la muerte solo es final, desolación.
Con los cinco sentidos vamos a vivir esta Cuaresma. Las manos arreglarán las túnicas, tocarán el áspero esparto de los cinturones, acariciarán el terciopelo antiguo de los antifaces un año más, nuevos, y la lana merino de las capas, coserán los escudos bordados, limpiarán la plata. Sin descuidar el alma, lo más importante. Y lo mismo que la plata pasará del negro al reluciente por el trabajo constante, así el alma querrá ser luz aunque haya de luchar siempre, sin descanso, con sus oscuridades.
El tacto es el primero de los sentidos en Cuaresma porque así lo dice la ceniza. Ese signo en la frente recordatorio del polvo de la muerte, de la pequeñez de la nada que somos, es la primera señal del gozo que presentimos, y marca casi de forma instantánea el tiempo de preparación, que por inexplicable que parezca es tiempo de conversión, penitencia y a la vez de alegría. La ceniza deja de ser entonces únicamente recordatorio de muerte y se convierte en semilla de gloria, en renovación del compromiso cristiano. Y ya no significa tristeza sino germen de nueva vida. De Resurrección.


