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Quince cuestiones  
 

Eje vertebrador

Por Carlos Seco Serrano
De la Real Academia de la Historia

En el mismo umbral de su reinado, y ante las últimas Cortes «orgánicas», Don Juan Carlos I definió la virtud integradora de la Monarquía en un discurso memorable, que esbozaba ya, con seguros trazos, los caminos de la «transición»: «La institución que personifico integra a todos los españoles y hoy, en esta hora tan trascendental, os convoco porque a todos nos incumbe, por igual, el deber de servir a España...» «El Rey quiere serlo de todos a un tiempo» y de cada uno «en su cultura, en su historia y en su tradición...» Años atrás, quien fuera su maestro, el gran historiador Jesús Pabón había insistido en aquello que Hilaire Belloc llamaba «la magia de la realeza»: «Es el Monarca algo esencialmente distinto de un individuo de ideología determinada y políticamente poderoso: es, no sólo el "símbolo moral", sino "la encarnación de todo un pueblo". Esa "totalidad" de la Realeza hará que lo aclame, instintivamente, quien es víctima de un complejo clasista, porque lo percibe como inclasificable, esto es, al margen y por encima de toda clase; y quien se considera encuadrado en lo que es, histórica y geográficamente diferente, lo vitorea, porque lo siente encarnación de todo, de esa su diferencia también... Una escena dolorosa, la partida de Carlos X, hacía escribir a Balzac: «Aun detestando a los Reyes debemos morir defendiéndolos en el umbral de sus palacios, porque un Rey somos todos nosotros, "un Rey es la Patria encarnada"».

Nunca un presidente republicano -al fin y al cabo, procedente de una parcialidad política- podrá encarnar su papel arbitral como un Rey, en quien ese papel es consustancial con su mismo ser. Pero la Monarquía no se inventa: parte de su origen en la noche de los siglos; y en su continuidad a través del tiempo -asumiendo tradiciones dinásticas diversas- radica su virtualidad. Las Monarquías «inventadas» fracasan porque al carecer de raíces en el pasado, les es imposible actualizar en sí la Historia, privilegio reservado a los monarcas de «una Casa vertebradora de la nación».

Conviene distinguir entre «Casa Real» y «dinastía». La Casa Real es una aunque hayan ido integrándola vinculaciones dinásticas diversas. En España, la dinastía Trastamara -que había recogido y asumido a su vez las tradiciones dinásticas de los diversos reinos peninsulares- fue sucedida por la dinastía Habsburgo, y la dinastía Habsburgo por la borbónica; pero sin dejar de articularse dentro de una Casa única, fundada en el albor de la Reconquista por los primeros monarcas cántabro-astures. Carlos I era hijo de una Trastamara; Felipe V, nieto y biznieto de princesas Habsburgo españolas: la continuidad de la Casa se había producido, simplemente, por línea femenina -y por eso la ley Sálica francesa sólo fue semi-Sálica al implantarse en España.

De aquí que al perfilarse la España de las autonomías, como un Estado más idóneo con la realidad histórica de nuestro país, nada pudiera adaptarse mejor a esa configuración -la diversidad en la unidad- que la Monarquía en que cuajó, en una hora cenital de nuestra Historia, el proyecto de unidad que había latido siempre en el seno de los diversos reinos peninsulares. Una Monarquía que don Juan de Palafox y Mendoza definía así en el siglo XVII: «Sólo Dios puede crear los Reinos con unas inclinaciones, pero una vez creados con diversas, necesario es que sean diversas las leyes y formas de su gobierno...» Así pues, debía el Rey «no desconsolar a reinos y vasallos, sino gobernar en castellano a los castellanos, en aragonés a los aragoneses, en catalán a los catalanes, en portugués a los portugueses...»

Era como una intuición, con antelación de tres siglos, de lo que ha querido ser, y es, la Monarquía que corona el Estado de las autonomías: eje vertebrador de esa unidad en la variedad característica de una Historia que Don Juan Carlos I actualiza felizmente.

«Yo os aseguro, por lo que al Rey respecta, que ninguna aspiración ni proyecto legítimo quedará sin atender, sea del individuo, del grupo social, de la ciudad, de la provincia o de la región»
(Discurso en el Ayuntamiento de Barcelona, 16 de febrero de 1976)

«La España de nuestro tiempo, esa España que todos anhelamos, debe ser una realidad estable y libre, de vida en común, y ha de edificarse sobre el reconocimiento de esa sustancia de la Nación española que son sus territorios históricos, sus viejos reinos, sus regiones, sus diversas culturas (...) La autonomía, auténtico anhelo de los vascos en las últimas décadas, ha venido a devolver a los territorios vascos aquella libertad a cuyo amparo fueron solar de nobleza y modelo de lealtad».
(Discurso en la Casa de Juntas de Guernica, 4 de febrero de 1981)

«La unidad de España no tiene nada que temer de las autonomías establecidas por nuestra Ley fundamental»
(Declaraciones al semanario portugués «Expresso», abril de 1992)

«España es una especie de mosaico, hermoso y único, en el que cada pieza, cada Comunidad, constituye un elemento indispensable»
(Ofrenda al Apóstol Santiago 25 de julio de 1993)

«La diversidad que nos enriquece debe unirnos en lugar de separarnos y servir de estímulo a nuestra convivencia»
(Pascua Militar, 6 de enero de 1994)

«En sus disposiciones (de la Constitución) (...) se ensancha el marco amplísimo de libertades del que disfrutan los ciudadanos y se afirma una articulación autonómica del Estado que reconoce y protege la pluralidad y diversidad de nuestra sociedad»
(Mensaje de Navidad, 24 de diciembre de 1998)

«Vivimos en una nación plural y nuestra Constitución recoge y ampara esa pluralidad al configurar a nuestro Estado como un Estado autonómico (...) A Sus Señorías corresponde en gran medida respetar esa pluralidad, conciliar sus intereses, armonizarlos y hacer de nuestro proyecto de vida colectiva una obra tolerante e integradora»
(Apertura VII Legislatura, 3 de mayo de 2000)

« El Tribunal Constitucional ha contribuido decisivamente al funcionamiento de la estructura más ambiciosa y adecuada construida en España para dar cauce a su pluralidad»
(XX Aniversario del Tribunal Constitucional, 4 de julio de 2000)

Textos publicados en ABC con motivo del 25 aniversario del reinado de Don Juan Carlos en el año 2000


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